jueves, 30 de septiembre de 2010

III


-¿Qué te parece este?
+Demasiado antiguo.
-¿Este?
+Eso es tan… verde.
-¿Qué tal un jarrón?
+Tienen demasiados.
-¡Mira esto! Es perfecto.
+Es horrible.
-¿Quieres dejar de interpretar a Rizitos de oro? Da alguna idea para variar.
+Eso.
-Ya, claro y para comprarlo nos hipotecamos ambos.
+No seas así. Te han invitado a su boda; a que vivas con ellos el día más importante de su vida, a que compartas su gran momento. No puedes comprarles cualquier cosa, tiene que ser algo con lo que te recuerden el resto de su vida, algo que miren cada día y piensen: eso nos lo regalaron nuestros grandes amigos que nos quieren y no que lo guarden en el trastero. ¿No crees?
-… voy a por el jarrón.
+No te atreverás.

Tormenta



Sentado en el borde de aquel muro, en que la brisa se enredaba con sus rizos y el mar se extendía bravo y desconocido hasta el horizonte, oyendo las olas romper furiosas contra las rocas desafiantes y afiladas que impedían su avance y viendo como el cielo se cerraba oscuro y tormentoso sobre su cabeza, casi podía imaginar los pasos livianos y pausados de ella tras su espalda, su risa al verle tan pensativo y callado, su mano ayudar al viento a revolver su cabello algo más y el suave roce de sus calientes labios entre aquella atmósfera fría y devastadora de invierno entrante.
¿Era realmente una idiotez pensarla ahora que ella corría lejos? Lejos de él, del mundo que en un pasado a ambos había pertenecido; libre en actos y sentimientos, liberada del peso de estar atada a otra persona.
Cerró los ojos un momento, soportando el cortante azote del viento sobre sus mejillas heladas y sus labios cortados. Recordó que todo era su culpa.
La tormenta había llegado por su culpa.
Reproches, llantos, gritos, silencio, celos, esperas, lágrimas, caricias incompletas y besos hechos a un lado.
Él la alejaba una y otra vez, poniendo a prueba los sentimientos que de sobra sabía que estaban ahí. ¿Todo para qué?
Cuando deseas confirmar un temor debes atenerte a las consecuencias que arrastra. Cuando dudas sin tener motivo y tratas de encontrar el verdadero porque sin imaginar que tú eres el único culpable.
Ella no pudo más. Y se marchó, como había prometido mil veces, de la ciudad.
Y a él le fue incapaz seguir, con miedo a borrar del todo sus recuerdos, su presencia, temiendo despedirla del todo, dejarla ir definitivamente.
Un trueno cortó el aire.
Se levantó del muro y caminó de vuelta a casa, sobre los mismos pasos que había dado mil veces junto a ella cuando su risa aún era despreocupada y sus improvisados bailes le hacían sonreír, cuando ella le robaba el paraguas en una mañana de invierno solo para que él la persiguiera un rato, cuando él corría riendo hasta a presar su cintura y la alzaba en el aire terminando ambos empapados y bebiendo chocolate caliente en el primer sitio que encontraban.
Como recordatorio latente y sangrante, la ligera lluvia comenzó a caer, borrando un poco más el olor de su piel clara, el líquido caramelo sus ojos, el calor de sus labios, la suavidad de sus palabras… y dejando en su lugar una estela fría de humedad insípida sobre sus mejillas surcadas de lágrimas.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

II

+A propósito… ¿cómo va lo tuyo con… mmm?
-No.
+¿No?
-No.
+¿Te das cuenta que siempre terminamos en el mismo sitio?
-¿Colgados sobre mi desgastada alfombra?
+No, auto compadeciéndonos y sin parejas.
-Yo no me auto compadezco. No fue a más porque nosotros no queríamos. Era divertido pero no nos llevaba a ningún lado. Al menos, a ninguno que nosotros quisiéramos.
+De acuerdo, pues yo me auto compadezco mientras tu disfrutas de tu libertad.
-Eso está mejor.
+Vete a la mierda.
-¿Por qué significaba tanto para ti?
+Llevábamos saliendo más de un año. Yo pensé… joder, no sé lo que pensé.
-Yo si lo sé. Pensaste que ni de coña iba a dejarlo todo por irse a vivir contigo y se lo pediste de todos modos, solo para que te dijera que no y poder auto compadecerte en mi cómoda alfombra.
+No es cierto, yo quería hacer las cosas bien por una vez. Además, no fui yo quien cortó.
-Fuiste quien hizo que cortara. Querías acabar con ello. A mí no puedes mentirme. Siempre haces lo mismo; cuando la relación va a ir en serio de verás, aceleras las cosas para que se rompan. Y solo logras destrozarte. Lo que aún no entiendo, es el verdadero porque. No creo que solo sea por mi alfombra mullida.
+Y desde luego no es por tu apoyo moral o tus buenos consejos.
-Sabes que te quiero y que jamás te juzgaría, solo te digo lo que hay. Además, no está tan mal.
+¿El qué? ¿Tender a la autodestrucción?
-Terminar colocados en mi alfombra.
+No. No está mal…

I

(Aquí dejó la primera parte de mi nuevo experimento. En fin... a ver hasta donde llega. Imaginar mis personajes al libre albedrio)

-Ei, ¿qué coño ha pasado?
+¿Puedo dormir aquí hoy?
-Claro… ¿Has estado llorando?
+Me ha dejado.
-Mejor. No era para ti.
+Vete a la mierda. Siempre estás con lo mismo.
-Lo siento.
+No importa. Solo… ¿tienes una copa?
-Seguro, pasa. Solo tengo cervezas.
+Está bien, gracias.
-¿Quieres hablar de lo que ha pasado?
+No tengo ganas. Quizás mañana…
-Cuando quieras. Te preparare el sofá.
+Gracias.
-No hay de qué, ¿somos amigos no?
+No habrás tirado nuestra alfombra, ¿no?
-¿Acaso me crees capaz de algo así?