lunes, 13 de agosto de 2012

María


El sol derrama sus rayos de oro líquido e irradia un calor sofocante y pegajoso.
El aire acondicionado se ha averiado y en la autopista no hay sombra.
Por las ventanillas entran el débil olor del mar, de las brizas y de la manzanilla en la cuneta, y se mezclan con el del ambientador de pino.
Su pelo negro juega a provocar al viento enfurecido. Ondea y se sacude y las gotas que la reciente ducha ha dejado en él, se desprenden y me mojan la mejilla.
La miro mientras subo los pies descalzos al asiento.
Ella alarga la mano y prende la radio. Ella tiene la piel caoba y los ojos inmensos.
La música suena alta, cubriendo el ruido de las ventanillas abiertas.
Ella reconoce la letra y canta a gritos, sonriendo. Sonríe y se calientan algo más el sol, el aire y los suspiros.
Sonrío también. Aún canta fatal, pero recuerdo como cuando era pequeña solía oírla durante horas, encerradas en la buhardilla.
Recuerdo las muñecas y los carricoches esparcidos por el prado. Cierro los ojos y veo las carreras de sacos, los renegrones y los arañazos.
Recuerdo el eucalipto enorme que daba sombra y susurraba. Recuerdo hacer comiditas con sus frutos y como lo talaron. Recuerdo su caída y el trueno.
La cucharilla en el fondo de la piscina. Bañar al gato. Cazar grillos. Deslizarse por el pasamanos de las escaleras. Las constelaciones. El intento fallido de acampada. Las rosas. Las hortensias. Los caracoles y mi abuelo. Los gallos, las gallinas, los conejos. Jack, el pequeño y blanco Jack, tembloroso contra mi pecho. La Navidad en el garaje. El abrasadora cocina de leña. Las siestas en las improvisadas camas de cojines y toallas.
Lo que la gente se pasa años buscando; la felicidad, supongo.
Con sus empujones, con los llantos y las acusaciones a nuestras madres. Con los pucheros, con los grandes ratos mirando a la pared, tratando de contener la risa.
María canta más alto el estribillo y me pellizca el brazo para que me una.
Brilla. Con esos ojos de obsidiana, con esa luz de atardeceres, con la sonrisa radiante.
Tantos años, tanto mirarla y la veo ahora. Hoy, por primera vez, la veo de verdad.
Canto con ella, desafinando ambas.

martes, 7 de agosto de 2012


Es tarde y el despertador comienza la marcha atrás de un tiempo que debería de emplear en dormir y no en escribir esto, que no llevará a ningún sitio ni cambiará nada.
Pero no puedo evitarlo porque aunque el sueño me pese sobre los párpados, no me siento a salvo. Y es preocupante esto que me ocurre en lo que consideraba mi rincón.
No oigo el mar, ni las gaviotas. Están demasiado lejos. Tampoco entra la noche entre los huecos de mis cortinas porque aquí, en la ciudad, las persianas se cierran del todo por el ruido, los coches y los horribles camiones de basura.
Me siento encerrada y sola y me acuerdo de ti.
Todo está en silencio gracias a las persianas grises como el hierro, pero no es un silencio amigable, es artificial y envidioso.
No hay campanas de iglesia, no hay ladridos, no hay cantos de gallo, no hay bocinas de barcos a lo lejos. Si abriera la ventana (tras levantar la impenetrable persiana) vería asfalto y monstruos de metal y ladrillo.
Me han robado el mar, el verde, los pueblos blancos y empinados. Me siento estafada y sorprendida de lo que añoro.
En el pequeño zulo de ciudad en el que se ha convertido mi rincón, te echo de menos también a ti aunque tenga la certeza de que te veré en poco tiempo. Sé que cerrar los ojos sería más fácil si tu brazo me rodeara y pudiera oírte respirar.
Tengo ganas de llorar porque te quiero aquí de verdad, quiero la solidez de tu pecho y el calor de tus ojos cuando me sonríen. Quiero dormir contigo, que compartamos el sueño y no sentirme sola nunca.
Pero habrá que contener el llanto.
Habrá que aguantar.
Habrá que esperar.

lunes, 6 de agosto de 2012

Todos necesitamos alguna vez un cómplice. Alguien que nos ayude a usar el corazón, que nos espere ufano en los viejos desvanes. Que desnude el pasado y desarme el dolor. Prodigioso, sencillo, dueño de su silencio. Alguien que esté en el barrio donde nacimos ó, que por lo menos, cargue nuestros remordimientos hasta que la conciencia, nos cuelgue su perdón. Cómplice del trasmundo, nos defienda del mundo, del sablazo del rayo y las llamas del sol.
Todos necesitamos alguna vez un cómplice, alguien que nos ayude a usar el corazón.

Mario Benedetti 
"Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habría escapado. Pero así,
habría dejado de ser pájaro.
Y yo…
yo lo que amaba era un pájaro."


Mikel Laboa 
"Cuando sonríe se le forman unos hoyuelos.
Unos no en las mejillas, no en los extremos de la boca.
Unos en las sienes, dos a cada lado de sus ojos almendra,
Como pequeñas comillas encerrando su mirada.

Mi cita favorita, sus ojos almendra."