sábado, 11 de diciembre de 2010

Perdiendo.

Me miró. Sus grandes ojos verdes con un tenue abismo de pánico brillando en sus pupilas, encerrado en su memoria, demasiado dentro de él para que nadie lo viera, me atravesaron infinitos. Alargó su mano hacia mí. De sus labios entreabiertos brotó un frustrado suspiro ante mi duda. La impaciencia le hizo removerse inquieto en su sitio.
Miré su mano, grande y firme. Segura, quizá.
-Por favor. Por favor.
Entendí mi brazo. Las yemas de mis dedos rozaron las suyas. Sus ojos me invitaron a tomarla con fuerza. Me mordí los labios y di un firme apretón a su palma.
Sus párpados se cerraron unos segundos y cuando volvió a clavar sus ojos en los míos, había recuperado la seguridad y la confianza. Sonrió, satisfecho y cerré el puño con fuerza cuando su mano dejó una estela fría al separase de la mía.
Me dedicó una ladeada sonrisa e inclinó la cabeza.
-Hasta la próxima.

lunes, 15 de noviembre de 2010

VII

-Feliz navidad.
+¿Es para mí?
-Claro que es para ti.
+¿Bromeas?
-¿Vas a abrirlo?
+Nunca me habías regalado nada.
-Abre el paquete, ¿quieres?
+Pero entiéndelo, todas las navidades el mismo sermón sobre el consumismo, sobre la hipocresía de la gente, los villancicos, los gorros de Papa Noel y todo eso y ahora me regalas… oh, Dios mío…
-Pensé que te gustaría. Siempre pones ojitos cada vez que ves uno.
+Oh, Dios mío.
-Pero si no te gusta, seguro que encontramos a alguien que….
+¡No! ¿Cuánto hace que nos conocemos?
-¿A qué viene eso ahora?
+¿Diez años?
-Se me han hecho eternos.
+Cállate; y jamás me habías regalado nada y ahora apareces el día de noche buena, el que más odias desde siempre, y me regalas ¿un cachorro?
-Si no lo quieres ya te he dicho…
+Espera. Es ese cachorro.
-¿Qué?
+El cachorro que vimos el otro día.
-No me acuerdo.
+No me mientas. Cuando volvíamos a tu casa después de quedar con los chicos. Llovía. Un hombre los regalaba en la entrada de una tienda.
-No, no me acuerdo.
+Cabezota. Te reíste cuando señalé a este. Dijiste que era el más torpe.
-Déjalo ya, ¿quieres?
+¿Porqué me lo regalas?-Porque me da la gana. Además no es un regalo. No me ha costado nada.
+Por supuesto que es un regalo.
-En tal caso en más un regalo para él que para ti. Te necesita más de lo que tú a él. Ahora depende de ti.
+…
-¿Qué pasa ahora?
+Nunca creí que vería esto.
-¿El qué?
+A ti demostrando tener corazón.

El cuarto

La habitación olía a tabaco, a alcohol, a sudor.
La tormenta hacía temblar las luces rojas del cuarto.
Rei dormía, apoyando el rostro sobre las piernas desnudas de Clara. La chica le acariciaba el rostro con cariño. La única prenda que llevaba, aquella vieja camisa a cuadros de su hermano, resbalaba por sus pálidos hombros sobre los que jugaban los inciertos destellos rojos.
Yo la contemplaba desde un rincón.
No había sillas, ni mesas, ni alfombras. Las ventanas eran inútiles y los cuadros inservibles.
Una suave melodía se escuchaba sobre nuestras cabezas, desconocida y lejana a nuestro oídos desde el piso de arriba, donde un piano envejecía sin muchas atenciones.
Fuera llovía, tronaba, la luna brillaba aún incompleta. Fuera seguía pasando el tiempo, el mundo continuaba girando, el imparable ritmo del universo lo arrastraba todo.
Menos aquel cuarto, aquel descanso, respiro, tiempo muerto.
La mejilla de Louis se apoyó sobre mi hombro. Su mano tanteó en mi regazo hasta dar con la mía.
Mis ojos siguieron las líneas que Clara dibujaba sobre el cuello de Rei, sobre su nuca, sobre su espalda, sobre su brazo.
Los delicados labios de Louis rozaron mi oreja.
-Me cuesta respirar.
Volví mi rostro hacia el suyo. Su respiración hizo cosquillas en mis labios, pesada y costosa. Llevé nuestras manos unidas a su corazón.
-Hazlo despacio, profundamente.
Negó con la cabeza.
-Duele.
Masajeé su pecho. Su frente se apoyó en la mía en busca de apoyo.
Fuera, en el patio, un árbol se sacudió con fuerza y sus ramas arañaron la pared de madera.
Jaime y Lorena tropezaron con las piernas de Rei mientras giraban abrazados sobre el suelo.
Rieron puerilmente cuando él se despertó y les gritó algo y continuaron enredándose el uno en el otro.
Podía ver las delicadas gotas de sudor perlas la frente de Louis cuando se esforzaba por inspirar hondo, diferenciar cada línea de sus pupilas celestes, sentir el calor de su mano en la mía y los torpes latidos de su corazón contra mi palma.
-¿Mejor?
Asintió muy despacio.
-Mejor.
Su voz era apenas un susurro apagado y tenue. El calor de su muslo entibieció el mío. Acerqué mi rostro al suyo.
-¿Te conformarás conmigo, Louis?
Sonrió y acaricié su mejilla queriendo retener aquella mueca en su rostro por siempre.
-Solo si tú lo haces conmigo.
-Ya lo hice hace tiempo.
Miró a Clara, que compartía confidenciales susurros con Rei.
-¿Estás seguro?
Acaricié sus rizos negros.
-Solo si lo estás tú.
Señalé a Jaime con la cabeza y él se volvió para mirarle también.
Las largas piernas de Lorena rodeaban su cintura y Jaime sostenía su cabeza, enredando sus manos en el largo pelo rubio de ella. Compartieron un ahogado jadeo.
La mano de Louis apretó la mía.
-Nunca voy a poder…
-Lo sé.
Escondió su rostro en mi cuello. Rodeé su cuerpo y él dejó que temblara contra mi pecho.
-Yo tampoco pero…
-Estamos bien juntos.
-Sí.
La lluvia comenzó a caer violentamente, golpeando el tejado con furia. Louis se adormiló entre mis brazos.
Hacía calor.
Miré de nuevo a Clara. Las manos de Rei perfilaban sus rasgos. Los ojos verdes y grandes de ella se encontraron con los míos, supongo que algo perdidos y velados. Le sostuve la mirada mientras ella se mordía labios, disculpándose. Rei tomó su barbilla y volvió su rostro hacia él.
Enredé mis dedos en los suaves mechones oscuros de Louis. Cerré los ojos y me concentré en ignorar los susurros de Jaime y Lorena y notar su respiración en mi mejilla, caliente y entrecortada.
Coloqué mi mano sobre su cuello y me dejé llevar por la inconsciencia del sueño, sintiendo sus débiles latidos contra mi piel.

domingo, 14 de noviembre de 2010

VI

+¿Por qué traes esa cara?
-Me han despedido.
+¿En serio? ¿Qué has hecho?
-Nada.
+Sabes que estás deseando contármelo.
-Me acosté con mi jefa… No le veo la gracia.
+Es una de esas grandes ironías de la vida. ¿Has oído hablar del Karma?
-De lo que no había oído hablar era de que mi jefa tenía un socio.
+¿Su marido?
-¡A mí no me pareció tan obvio!... Si dejaras de reírte quizá me sentiría algo mejor.
+Lo siento… es que es tan… lo siento…
-¿Ahora qué voy a hacer?
+¿Tirarte al marido?
-Vete a la mierda.
+No… espera, no te vayas…no te enfades… perdona…
-Cuando te disculpes, evita hacerlo riéndote.
+Venga, va… no te vayas… Arg, aguafiestas…

domingo, 7 de noviembre de 2010

Otro más


El ruido constante, el calor de la cocina, las conversaciones a mí alrededor.
Hago una bola con mi hoja de papel y me rindo totalmente. Demasiado ruido, demasiado calor, demasiadas conversaciones.
Mi madre y mis tías tratan de que mi abuela no lo haga todo.
Mi prima grita desde lo alto de las escaleras. No encuentra su camisa. Aquella gris con el cinturón negro.
Mi tío me aparta a un lado con una suave colleja. “No estés por el medio, faltosa”
Le sonrío y le saco la lengua mientras me hago a un rincón.
Llamo al perro pero está demasiado ocupado siguiendo cada uno de los pasos de mi abuela en la cocina.
Paso al salón. Partido de fútbol. Una repetición. Suponiendo que haya sido interesante la primara vez que se jugó, me pregunto que interés puede tener ahora que habn visto cada jugada a cámara lenta en el telediario. Mi primo demasiado enfrascado en su nuevo juego de la play station para dedicarme siquiera una mirada. Mi padre y mi tío se ríen de algún chiste que estoy segura no quiero escuchar.
Suspiro saliendo al pasillo. En el descansillo de la escalera mi hermana habla con un par de muñecas de mi prima que habrá encontrado por la casa. Arancha, a su lado, trata de seguir el juego. Tiene paciencia Arancha.
A través de la ventana veo a mi padrino y a mi primo discutir. No les escucho, veo sus ademanes y sus bruscos gestos y me es suficiente. Normalmente discutirían dentro, en la cocina, sin necesidad de salir al porche helado. Pero nadie les permitirá gritarse dentro. Nadie discute en navidad y pobre del que lo contradiga.
Cruzo el pasillo y rozó con los dedos la suave tela dorada bajo el simple belén. Odio ese belén desde niña, pero allí sigue año tras año. Cuando era pequeña lo más entretenido de tener belén era poder jugar con las figuritas como si fuesen muñecos, pero aquellas no se podían tocar, porque aquellas eran muy caras. Como si yo hubiera tenido alguna vez interés en jugar con un belén que ni siquiera tiene una mula y un buey. Birria de belén.
Abro la puerta trasera y salgo al patio.
Al agua de la piscina es oscura y oigo el gorgoteo de las suaves ondas que produce el viento sobre su superficie.
Camino hasta el empiece de la hierba y miro al cielo.
De las miles de millones de estrellas presentes solo recuerdo cuatro. La más brillante de las osas y las tres sobre el cinturón de Orión.
Pienso en que Orión sería un buen nombre también. Fuerte, sonoro. Recordaré decírselo a Marcos la próxima vez que le vea.
Oigo un suave maullido entre los cojines de los sillones bajo el pequeño tejado que sobresale de la gran casa y que sirve tanto de sombrilla como de paraguas. Me acerco despacio al siamés acurrucado entre las estampadas cubiertas de los sillones. Acaricio su lomo y él maulla complacido y se incorpora levemente en busca de más caricias.
Le tomo en brazos y me siento en uno de los fríos asientos apretándole contra mi pecho.
-Feliz Nochevieja-le susurro en la oreja y cierro los ojos y me imagino que él puede oírme y sonrío cuando tan solo obtengo por respuesta un largo ronroneo.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Espera


El fluorescente parpadeaba. La máquina de café gruñía en una esquina. Una mujer con un gran morado en la mejilla izquierda alzó a su bebé del carrito cuando el pequeño protestó insistente con los puñitos alzados. Un joven miraba malhumorado al infinito con su caro smoking manchado de la sangre que, por el pañuelo que sujetaba contra su rostro, deduje que era suya. Una muchacha que rondaría los catorce, con el labio perforado y sus grandes ojos verdes, casi cubiertos por su espeso flequillo, contemplando fijos a todo cuanto allí se encontraba, mascaba chicle ruidosamente.
Era demasiado tarde.
Un policía entró en la sala con una lista en la mano. Sobre la gastada tela azul de su uniforme una mancha oscura era semicubierta por la brillante placa identificadora.
-Ian Devere-dijo con voz neutra.
El joven del smoking se levantó, airoso.
-Ya era hora-pasó por delante del agente, atravesando la puerta por la que este había aparecido.- Casi me desangro esperando.

martes, 19 de octubre de 2010

Cualquiera podría haberlo dicho

"Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos... Esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella...
Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderéis siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y os impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejareis de intentarlo…
Os rendiréis y buscaréis a esa otra persona que acabaréis encontrando.Pero os aseguro que no pasaréis una sola noche sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez más...Todos sabéis de qué estoy hablando, porque mientras estabais leyendo esto, os ha venido su nombre a la cabeza.
Os librareis de él o de ella, dejareis de sufrir, conseguiréis encontrar la paz -le sustituiréis por la calma-, pero os aseguro que no pasará un día en que deseéis que estuviera aquí para perturbaros. Porque, a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien a quien amas, que haciendo el amor con alguien a quien aprecias."

Paulo Coelho.

lunes, 4 de octubre de 2010

V

+No te muevas tanto.
-No me estoy moviendo.
+Pues te estoy sintiendo. Respiras demasiado profundo.
-Oh, vaya. Lo siento. Una mala costumbre que tengo; respirar.
+No te pongas en plan cínico.
-Olvídame. Tengo sueño.
+…Estás ocupando mi lado.
-¿Pero qué dices?
+Mira, ¿lo ves? Esta es la mitad de la cama, estás en mi lado. Échate hacia la izquierda.
-Me caeré.
+Pues ponte de lado.
-No voy a ponerme de lado. Esta es mi parte de la cama.
+¿Quieres apostar?
-Oh, vamos…
+…Deja de tirar de la manta.
-Que te jodan.
+Ni que estuvieramos en tu cama.
-Perdona pero yo he pagado la habitación.
+Después de cargarte mi preciado Celica.
-El que seguramente también pagaré. Así, cállate y duerme.
+Si pudiera taparme quizás lo intentaría.
-¡Toma la jodida manta! Me voy a dormir al coche…
+Tampoco te pongas así… Ehh, y ten cuidado con los asientos.
-¡Dios!
+… que mal genio…

domingo, 3 de octubre de 2010

Un largo etcétera

…el rozar de tu sudadera favorita, el leve olor indescifrable de tu cuello, tu forma de plegar los labios ocultando la sonrisa, la chispa de tus ojos al reírte, el arrastrar de tus gastados tenis, la manera de rascarte la nuca mientras piensas una respuesta ingeniosa, el suave sopló de vida que escapa de tus labios en un cansado suspiro, la forma en la que tu pelo siempre esta revuelto y yo me contengo para no colocar en su sitio ese mechón que cubre tus ojos, tu voz, tus gestos, cada una de tus notas, tus muecas cuando te preguntó algo obvio, tu sonrisa cuando descubres que es lo que intento, los versos que recitas para nadie en concreto contemplando al infinito con expresión ausente, tu pésimo acento francés, la seriedad de tu rostro cuando me explicas algo para ti indispensable y para mí simplemte palabras, tus ojos en blanco cuando te exaspero, tú, tú, tú…

sábado, 2 de octubre de 2010

Mentiras





No podía dejar de pensar él.
Estaba furioso, decepcionado, dolido pero no podía evitar echarle de menos.
Lo maldije, por mentirme durante los últimos seis meses, por haber aparecido la primera vez que nos vimos, por haber sido la única persona con la que me sentía vivo.
Y luego me arrepentí y me insulté a mí mismo en compensación.
Aquello era patético. Todo había terminado ya.
Suspiré cuando, tumbado en el sofá, con la quinta cerveza de la noche en la mano, el timbre de la puerta reclamó mi atención.
Lo ignoré. Fuera quien fuese terminaría cansándose y dejándome compadecerme en paz. Me equivoqué y acompañado de los golpes de aquellos insistentes nudillos, caminé hacia la puerta.
Allí, de pie sobre las escaleras del porche, calado hasta los huesos por la interminable lluvia de aquel largo abril, estaba él.
Me miró, callado. Hice el ademán de cerrar la puerta. Me detuvo.
-Escúchame-pidió con la voz rota.
Suspiré. Que no llorara, que no llorara, que no llorara…
-Ya te he dicho…
-Es cierto, te mentí. Sé que fue estúpido, no lo pensé. Sé… sé que debería tener algo mejor pero… lo siento.
-Continúa-me crucé de brazos, apoyando mi hombro en el quicio de la puerta.
Me miró sorprendido unos segundos. Se acercó un paso, lentamente.
-Mi padre no trabaja en el hospital. Es abogado, es el abogado que mandó al tuyo a la cárcel. Mi madre no está visitando a su hermana; murió hace años en un accidente de tráfico. No tengo apartamento propio, vivo con mi padre. Nos peleamos continuamente y nunca hemos ido a pescar juntos. No quiero ir a la universidad como tú, me parece aburrido. Odio la música que pones cuando vamos en el coche, no soporto esas canciones sin letra. No me gustan tus bizcochos; llevan demasiada azúcar. Me caen mal tus amigos, siempre están tomándome el pelo y me hacen sentir como un crío. La camiseta que me regalaste me va demasiado apretada y me siento cortado con ella. No me gusta a los bares a los que vamos; hay demasiado ruido y no puedo escucharte hablar. No me gustan las películas antiguas y detesto ir al gimnasio. Ni siquiera he empezado el libro que me prestaste porque prefiero los comics. Te mentí y lo siento. Pero hubieras salido corriendo de no haberlo hecho.
Suspiré, revolviéndome el pelo.
La cabeza me daba vueltas. Me pregunte cuanta cantidad de culpa tendrían las cervezas.
-¿En serio crees que lo hubiera hecho?
Apartó la mirada, sacudió la cabeza, se mordió los labios.
-No lo sé-confesó débilmente.
-¿Qué quieres de mí?-le exigí saber.
-Quiero oírte decir que me perdonas-susurró mirando fijamente las puntas de sus zapatos.
-¿Cómo podría? ¿Cómo sabré si no me has mentido en cosas aún más importantes?
-No en la más importante-me aseguró.
-¿Y cuál es?-pregunté cansado.
Levantó la mirada. Sus ojos me traspasaron, inseguros y aguados.
Un instante antes de que hablara, sabía lo que iba a decir.
Un instante antes sabía que le perdonaría. Le perdonaría aquello y cualquier otra cosa que me pudiera haber echo. Le perdonaría porque yo tampoco le había mentido respecto a eso.
-Te quiero.

viernes, 1 de octubre de 2010

Promesas

Tardaras años en leer esto. Quizá el doble en lograr entenderlo.

De todos modos, aunque ahora no estés aquí, aunque aún no seas más que la continuación de casualidades de la que todos somos parte, algún día lo estarás. Yo me encargare de ello, corazón mío.

Me imagino tu rostro de cientos de maneras diferentes. Imaginó sonrisas, muecas y conversaciones y eres tú lo que me hace sonreír entre lágrimas mientras contempló la lluvia trazar impasible surcos sobre el cristal de mi ventana.

Me paro a pensar en ti cada día por muy imposible o estúpido que parezca. Sueño contigo. Y sé que si pudiera contárselo a alguien podría hablar sobre ti horas enteras.

Porque te quiero.

Espero lograr ser para ti todo lo que los demás no han podido y prometo angustiarme cada una de tus primeras veces, ser feliz con solo verte dormir, curar cada uno de tus rasguños, esperarte despierta hasta que vuelvas a casa y fingir que el café solo y los crucigramas a medio hacer no son para no caer rendida mientras te aguardo.

Quiero alejarte de todo lo que yo no puede escapar y me angustio, porque sé que no será posible protegerte siempre. Porque tendré que dejar que te equivoques por ti mismo y prometo que cuando ese momento llegue, no habrá dolor más grande que el mío cada vez que sufras, tan inmenso como mi orgullo al verte triunfar.

Te aseguro que te gritaré y te aseguro que me gritaras. Te enfadaras conmigo mil veces al día y me harás enojar dos mil.

Tomaras decisiones que no me gusten y lo esconderé lo mejor que pueda. Te apoyaré por encima de cualquier otra cosa porque sin duda lo estás.

Te prometo una casa y una familia y tantos te quieros como puedas escuchar.

Prometo cuidar de ti todo lo mejor que pueda y dar mi vida por ti una y otra vez.

Pasaré todas las noches necesarias tomando tu mano en el hospital solo si tú prometes ponerte bien.

Prometo que hagas lo que hagas, seas lo que seas, digas lo que digas, pase lo que pase siempre serás parte de mí.

IV

+Te dije que acabaríamos perdidos, ¿te lo dije o no?
-¿Quieres callarte? Y baja la música no puedo oír mis pensamientos.
+Mejor. No sé porque continúo haciéndote caso.
-Porque es lo que se hace con los copilotos… y porque soy mucho mejor que ese GPS de pacotilla.
+Él no me habría metido por una carretera que posiblemente no tendrá ni salida.
-Puede que no sea el mejor atajo pero seguro que es mejor que…
+¡Mira! Voy a bajarme a preguntar a ese hombre.
-¿Te fías más de un desconocido que de mí?
+No lo dudes.
-…¿Y bien? ¿Qué ha dicho?
+Que vamos en dirección contraria, Einstein. Encontraremos un cruce a unos metros y podremos dar la vuelta.
-Bah, ¿que sabrá él? Seguro que ni siquiera ha salido de su finca en años.
+Nos arriesgaremos.
-¿Vas a hacerle caso? Oye, ¿qué diantres significa esa sonrisilla?
+Significa que este es mi coche y si no estás de acuerdo con mis decisiones, te dejare junto a ese hombre.
-Tener amigos para esto… ¿qué pasa ahora?
+Se ha parado.
-¿Qué quiere decir “se ha parado”?
+Se ha parado, no anda, no se mueve, las ruedas no giran, el motor…
-Vale, ya lo capto. ¿Y ahora qué?
+¿Y yo qué sé? Esto es culpa tuya.
-¿Mía?
+Sí, mi Celica no está acostumbrado a andar por sitios como este. ¿Cuánto hace que no ves una señal? Eso por no mencionar, el asfalto. Oh Dios mío, no llegaremos a la boda. No creo que estemos allí para las de plata.
-¿Se puede saber por qué diantres me haces caso?
+Muérete.

jueves, 30 de septiembre de 2010

III


-¿Qué te parece este?
+Demasiado antiguo.
-¿Este?
+Eso es tan… verde.
-¿Qué tal un jarrón?
+Tienen demasiados.
-¡Mira esto! Es perfecto.
+Es horrible.
-¿Quieres dejar de interpretar a Rizitos de oro? Da alguna idea para variar.
+Eso.
-Ya, claro y para comprarlo nos hipotecamos ambos.
+No seas así. Te han invitado a su boda; a que vivas con ellos el día más importante de su vida, a que compartas su gran momento. No puedes comprarles cualquier cosa, tiene que ser algo con lo que te recuerden el resto de su vida, algo que miren cada día y piensen: eso nos lo regalaron nuestros grandes amigos que nos quieren y no que lo guarden en el trastero. ¿No crees?
-… voy a por el jarrón.
+No te atreverás.

Tormenta



Sentado en el borde de aquel muro, en que la brisa se enredaba con sus rizos y el mar se extendía bravo y desconocido hasta el horizonte, oyendo las olas romper furiosas contra las rocas desafiantes y afiladas que impedían su avance y viendo como el cielo se cerraba oscuro y tormentoso sobre su cabeza, casi podía imaginar los pasos livianos y pausados de ella tras su espalda, su risa al verle tan pensativo y callado, su mano ayudar al viento a revolver su cabello algo más y el suave roce de sus calientes labios entre aquella atmósfera fría y devastadora de invierno entrante.
¿Era realmente una idiotez pensarla ahora que ella corría lejos? Lejos de él, del mundo que en un pasado a ambos había pertenecido; libre en actos y sentimientos, liberada del peso de estar atada a otra persona.
Cerró los ojos un momento, soportando el cortante azote del viento sobre sus mejillas heladas y sus labios cortados. Recordó que todo era su culpa.
La tormenta había llegado por su culpa.
Reproches, llantos, gritos, silencio, celos, esperas, lágrimas, caricias incompletas y besos hechos a un lado.
Él la alejaba una y otra vez, poniendo a prueba los sentimientos que de sobra sabía que estaban ahí. ¿Todo para qué?
Cuando deseas confirmar un temor debes atenerte a las consecuencias que arrastra. Cuando dudas sin tener motivo y tratas de encontrar el verdadero porque sin imaginar que tú eres el único culpable.
Ella no pudo más. Y se marchó, como había prometido mil veces, de la ciudad.
Y a él le fue incapaz seguir, con miedo a borrar del todo sus recuerdos, su presencia, temiendo despedirla del todo, dejarla ir definitivamente.
Un trueno cortó el aire.
Se levantó del muro y caminó de vuelta a casa, sobre los mismos pasos que había dado mil veces junto a ella cuando su risa aún era despreocupada y sus improvisados bailes le hacían sonreír, cuando ella le robaba el paraguas en una mañana de invierno solo para que él la persiguiera un rato, cuando él corría riendo hasta a presar su cintura y la alzaba en el aire terminando ambos empapados y bebiendo chocolate caliente en el primer sitio que encontraban.
Como recordatorio latente y sangrante, la ligera lluvia comenzó a caer, borrando un poco más el olor de su piel clara, el líquido caramelo sus ojos, el calor de sus labios, la suavidad de sus palabras… y dejando en su lugar una estela fría de humedad insípida sobre sus mejillas surcadas de lágrimas.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

II

+A propósito… ¿cómo va lo tuyo con… mmm?
-No.
+¿No?
-No.
+¿Te das cuenta que siempre terminamos en el mismo sitio?
-¿Colgados sobre mi desgastada alfombra?
+No, auto compadeciéndonos y sin parejas.
-Yo no me auto compadezco. No fue a más porque nosotros no queríamos. Era divertido pero no nos llevaba a ningún lado. Al menos, a ninguno que nosotros quisiéramos.
+De acuerdo, pues yo me auto compadezco mientras tu disfrutas de tu libertad.
-Eso está mejor.
+Vete a la mierda.
-¿Por qué significaba tanto para ti?
+Llevábamos saliendo más de un año. Yo pensé… joder, no sé lo que pensé.
-Yo si lo sé. Pensaste que ni de coña iba a dejarlo todo por irse a vivir contigo y se lo pediste de todos modos, solo para que te dijera que no y poder auto compadecerte en mi cómoda alfombra.
+No es cierto, yo quería hacer las cosas bien por una vez. Además, no fui yo quien cortó.
-Fuiste quien hizo que cortara. Querías acabar con ello. A mí no puedes mentirme. Siempre haces lo mismo; cuando la relación va a ir en serio de verás, aceleras las cosas para que se rompan. Y solo logras destrozarte. Lo que aún no entiendo, es el verdadero porque. No creo que solo sea por mi alfombra mullida.
+Y desde luego no es por tu apoyo moral o tus buenos consejos.
-Sabes que te quiero y que jamás te juzgaría, solo te digo lo que hay. Además, no está tan mal.
+¿El qué? ¿Tender a la autodestrucción?
-Terminar colocados en mi alfombra.
+No. No está mal…

I

(Aquí dejó la primera parte de mi nuevo experimento. En fin... a ver hasta donde llega. Imaginar mis personajes al libre albedrio)

-Ei, ¿qué coño ha pasado?
+¿Puedo dormir aquí hoy?
-Claro… ¿Has estado llorando?
+Me ha dejado.
-Mejor. No era para ti.
+Vete a la mierda. Siempre estás con lo mismo.
-Lo siento.
+No importa. Solo… ¿tienes una copa?
-Seguro, pasa. Solo tengo cervezas.
+Está bien, gracias.
-¿Quieres hablar de lo que ha pasado?
+No tengo ganas. Quizás mañana…
-Cuando quieras. Te preparare el sofá.
+Gracias.
-No hay de qué, ¿somos amigos no?
+No habrás tirado nuestra alfombra, ¿no?
-¿Acaso me crees capaz de algo así?