lunes, 15 de noviembre de 2010

VII

-Feliz navidad.
+¿Es para mí?
-Claro que es para ti.
+¿Bromeas?
-¿Vas a abrirlo?
+Nunca me habías regalado nada.
-Abre el paquete, ¿quieres?
+Pero entiéndelo, todas las navidades el mismo sermón sobre el consumismo, sobre la hipocresía de la gente, los villancicos, los gorros de Papa Noel y todo eso y ahora me regalas… oh, Dios mío…
-Pensé que te gustaría. Siempre pones ojitos cada vez que ves uno.
+Oh, Dios mío.
-Pero si no te gusta, seguro que encontramos a alguien que….
+¡No! ¿Cuánto hace que nos conocemos?
-¿A qué viene eso ahora?
+¿Diez años?
-Se me han hecho eternos.
+Cállate; y jamás me habías regalado nada y ahora apareces el día de noche buena, el que más odias desde siempre, y me regalas ¿un cachorro?
-Si no lo quieres ya te he dicho…
+Espera. Es ese cachorro.
-¿Qué?
+El cachorro que vimos el otro día.
-No me acuerdo.
+No me mientas. Cuando volvíamos a tu casa después de quedar con los chicos. Llovía. Un hombre los regalaba en la entrada de una tienda.
-No, no me acuerdo.
+Cabezota. Te reíste cuando señalé a este. Dijiste que era el más torpe.
-Déjalo ya, ¿quieres?
+¿Porqué me lo regalas?-Porque me da la gana. Además no es un regalo. No me ha costado nada.
+Por supuesto que es un regalo.
-En tal caso en más un regalo para él que para ti. Te necesita más de lo que tú a él. Ahora depende de ti.
+…
-¿Qué pasa ahora?
+Nunca creí que vería esto.
-¿El qué?
+A ti demostrando tener corazón.

El cuarto

La habitación olía a tabaco, a alcohol, a sudor.
La tormenta hacía temblar las luces rojas del cuarto.
Rei dormía, apoyando el rostro sobre las piernas desnudas de Clara. La chica le acariciaba el rostro con cariño. La única prenda que llevaba, aquella vieja camisa a cuadros de su hermano, resbalaba por sus pálidos hombros sobre los que jugaban los inciertos destellos rojos.
Yo la contemplaba desde un rincón.
No había sillas, ni mesas, ni alfombras. Las ventanas eran inútiles y los cuadros inservibles.
Una suave melodía se escuchaba sobre nuestras cabezas, desconocida y lejana a nuestro oídos desde el piso de arriba, donde un piano envejecía sin muchas atenciones.
Fuera llovía, tronaba, la luna brillaba aún incompleta. Fuera seguía pasando el tiempo, el mundo continuaba girando, el imparable ritmo del universo lo arrastraba todo.
Menos aquel cuarto, aquel descanso, respiro, tiempo muerto.
La mejilla de Louis se apoyó sobre mi hombro. Su mano tanteó en mi regazo hasta dar con la mía.
Mis ojos siguieron las líneas que Clara dibujaba sobre el cuello de Rei, sobre su nuca, sobre su espalda, sobre su brazo.
Los delicados labios de Louis rozaron mi oreja.
-Me cuesta respirar.
Volví mi rostro hacia el suyo. Su respiración hizo cosquillas en mis labios, pesada y costosa. Llevé nuestras manos unidas a su corazón.
-Hazlo despacio, profundamente.
Negó con la cabeza.
-Duele.
Masajeé su pecho. Su frente se apoyó en la mía en busca de apoyo.
Fuera, en el patio, un árbol se sacudió con fuerza y sus ramas arañaron la pared de madera.
Jaime y Lorena tropezaron con las piernas de Rei mientras giraban abrazados sobre el suelo.
Rieron puerilmente cuando él se despertó y les gritó algo y continuaron enredándose el uno en el otro.
Podía ver las delicadas gotas de sudor perlas la frente de Louis cuando se esforzaba por inspirar hondo, diferenciar cada línea de sus pupilas celestes, sentir el calor de su mano en la mía y los torpes latidos de su corazón contra mi palma.
-¿Mejor?
Asintió muy despacio.
-Mejor.
Su voz era apenas un susurro apagado y tenue. El calor de su muslo entibieció el mío. Acerqué mi rostro al suyo.
-¿Te conformarás conmigo, Louis?
Sonrió y acaricié su mejilla queriendo retener aquella mueca en su rostro por siempre.
-Solo si tú lo haces conmigo.
-Ya lo hice hace tiempo.
Miró a Clara, que compartía confidenciales susurros con Rei.
-¿Estás seguro?
Acaricié sus rizos negros.
-Solo si lo estás tú.
Señalé a Jaime con la cabeza y él se volvió para mirarle también.
Las largas piernas de Lorena rodeaban su cintura y Jaime sostenía su cabeza, enredando sus manos en el largo pelo rubio de ella. Compartieron un ahogado jadeo.
La mano de Louis apretó la mía.
-Nunca voy a poder…
-Lo sé.
Escondió su rostro en mi cuello. Rodeé su cuerpo y él dejó que temblara contra mi pecho.
-Yo tampoco pero…
-Estamos bien juntos.
-Sí.
La lluvia comenzó a caer violentamente, golpeando el tejado con furia. Louis se adormiló entre mis brazos.
Hacía calor.
Miré de nuevo a Clara. Las manos de Rei perfilaban sus rasgos. Los ojos verdes y grandes de ella se encontraron con los míos, supongo que algo perdidos y velados. Le sostuve la mirada mientras ella se mordía labios, disculpándose. Rei tomó su barbilla y volvió su rostro hacia él.
Enredé mis dedos en los suaves mechones oscuros de Louis. Cerré los ojos y me concentré en ignorar los susurros de Jaime y Lorena y notar su respiración en mi mejilla, caliente y entrecortada.
Coloqué mi mano sobre su cuello y me dejé llevar por la inconsciencia del sueño, sintiendo sus débiles latidos contra mi piel.

domingo, 14 de noviembre de 2010

VI

+¿Por qué traes esa cara?
-Me han despedido.
+¿En serio? ¿Qué has hecho?
-Nada.
+Sabes que estás deseando contármelo.
-Me acosté con mi jefa… No le veo la gracia.
+Es una de esas grandes ironías de la vida. ¿Has oído hablar del Karma?
-De lo que no había oído hablar era de que mi jefa tenía un socio.
+¿Su marido?
-¡A mí no me pareció tan obvio!... Si dejaras de reírte quizá me sentiría algo mejor.
+Lo siento… es que es tan… lo siento…
-¿Ahora qué voy a hacer?
+¿Tirarte al marido?
-Vete a la mierda.
+No… espera, no te vayas…no te enfades… perdona…
-Cuando te disculpes, evita hacerlo riéndote.
+Venga, va… no te vayas… Arg, aguafiestas…

domingo, 7 de noviembre de 2010

Otro más


El ruido constante, el calor de la cocina, las conversaciones a mí alrededor.
Hago una bola con mi hoja de papel y me rindo totalmente. Demasiado ruido, demasiado calor, demasiadas conversaciones.
Mi madre y mis tías tratan de que mi abuela no lo haga todo.
Mi prima grita desde lo alto de las escaleras. No encuentra su camisa. Aquella gris con el cinturón negro.
Mi tío me aparta a un lado con una suave colleja. “No estés por el medio, faltosa”
Le sonrío y le saco la lengua mientras me hago a un rincón.
Llamo al perro pero está demasiado ocupado siguiendo cada uno de los pasos de mi abuela en la cocina.
Paso al salón. Partido de fútbol. Una repetición. Suponiendo que haya sido interesante la primara vez que se jugó, me pregunto que interés puede tener ahora que habn visto cada jugada a cámara lenta en el telediario. Mi primo demasiado enfrascado en su nuevo juego de la play station para dedicarme siquiera una mirada. Mi padre y mi tío se ríen de algún chiste que estoy segura no quiero escuchar.
Suspiro saliendo al pasillo. En el descansillo de la escalera mi hermana habla con un par de muñecas de mi prima que habrá encontrado por la casa. Arancha, a su lado, trata de seguir el juego. Tiene paciencia Arancha.
A través de la ventana veo a mi padrino y a mi primo discutir. No les escucho, veo sus ademanes y sus bruscos gestos y me es suficiente. Normalmente discutirían dentro, en la cocina, sin necesidad de salir al porche helado. Pero nadie les permitirá gritarse dentro. Nadie discute en navidad y pobre del que lo contradiga.
Cruzo el pasillo y rozó con los dedos la suave tela dorada bajo el simple belén. Odio ese belén desde niña, pero allí sigue año tras año. Cuando era pequeña lo más entretenido de tener belén era poder jugar con las figuritas como si fuesen muñecos, pero aquellas no se podían tocar, porque aquellas eran muy caras. Como si yo hubiera tenido alguna vez interés en jugar con un belén que ni siquiera tiene una mula y un buey. Birria de belén.
Abro la puerta trasera y salgo al patio.
Al agua de la piscina es oscura y oigo el gorgoteo de las suaves ondas que produce el viento sobre su superficie.
Camino hasta el empiece de la hierba y miro al cielo.
De las miles de millones de estrellas presentes solo recuerdo cuatro. La más brillante de las osas y las tres sobre el cinturón de Orión.
Pienso en que Orión sería un buen nombre también. Fuerte, sonoro. Recordaré decírselo a Marcos la próxima vez que le vea.
Oigo un suave maullido entre los cojines de los sillones bajo el pequeño tejado que sobresale de la gran casa y que sirve tanto de sombrilla como de paraguas. Me acerco despacio al siamés acurrucado entre las estampadas cubiertas de los sillones. Acaricio su lomo y él maulla complacido y se incorpora levemente en busca de más caricias.
Le tomo en brazos y me siento en uno de los fríos asientos apretándole contra mi pecho.
-Feliz Nochevieja-le susurro en la oreja y cierro los ojos y me imagino que él puede oírme y sonrío cuando tan solo obtengo por respuesta un largo ronroneo.