Ríe mirando hacia el cielo en el
que la contaminación ha barrido todo rastro de estrellas y nublado la visión de
la oronda luna llena. Ríe y su pecho se sacude al ritmo de carcajadas y envidio
el aire que se escabulle rumbo a sus pulmones con cada irregular bocanada y que
allí se estremece con las vibraciones de su risa.
A su impecable blanco y a su
rotundo negro se añade ahora el limpio escarlata que surca su mejilla y aquel
morado que había descubierto en sus labios el día que le conocí, siembra su
cuerpo de hematomas.
Sus eternos pantalones se han
rasgado y dejan sugerentes retazos de sus interminables piernas.
Apoyada sobre un codo, contemplo
maravillada el ritual de sus carcajadas, grabando a fuego en mi celebro cada
ruta trazada por su sangre, cada nueva tensión de su vientre.
Se apacigua, deslizándose al
sosiego y calma suavemente y aún con el resto del episodio pasado curvando sus
labios en una breve sonrisa; me mira, con un suspiro rondando en su pecho.
Me mira y él mismo desaparece para
solo quedar los densos latidos de mi corazón y sus pupilas enlazándome al suyo
cada vez más fuerte, más cálido.