
El fluorescente parpadeaba. La máquina de café gruñía en una esquina. Una mujer con un gran morado en la mejilla izquierda alzó a su bebé del carrito cuando el pequeño protestó insistente con los puñitos alzados. Un joven miraba malhumorado al infinito con su caro smoking manchado de la sangre que, por el pañuelo que sujetaba contra su rostro, deduje que era suya. Una muchacha que rondaría los catorce, con el labio perforado y sus grandes ojos verdes, casi cubiertos por su espeso flequillo, contemplando fijos a todo cuanto allí se encontraba, mascaba chicle ruidosamente.
Era demasiado tarde.
Un policía entró en la sala con una lista en la mano. Sobre la gastada tela azul de su uniforme una mancha oscura era semicubierta por la brillante placa identificadora.
-Ian Devere-dijo con voz neutra.
El joven del smoking se levantó, airoso.
-Ya era hora-pasó por delante del agente, atravesando la puerta por la que este había aparecido.- Casi me desangro esperando.
Era demasiado tarde.
Un policía entró en la sala con una lista en la mano. Sobre la gastada tela azul de su uniforme una mancha oscura era semicubierta por la brillante placa identificadora.
-Ian Devere-dijo con voz neutra.
El joven del smoking se levantó, airoso.
-Ya era hora-pasó por delante del agente, atravesando la puerta por la que este había aparecido.- Casi me desangro esperando.


