miércoles, 24 de agosto de 2011

¿Estás sola?

-¿Estás sola?
Levanté la cabeza, abandonado el relato que había estado leyendo. Sonreí a Carlos que miraba interesado por encima de mi hombro. Apreté el libro contra mi pecho, impidiendole leer.
-Deja de cotillear-le advertí.
-No cotilleo. Curioseo. ¿Quieres algo?
-¿Puedes traerme uno de esos helados con las virutas de colores?-pregunté.
Sus ojos verde musgo se achicaron cuando, al posar el libro sobre la mesa, logró descifrar algunas palabras. Chasqueé los dedos delante de sus ojos.
-¡Carlos!-me quejé empujando su pecho. Su cuerpo no se movió un centímetro y su cabeza seguía inclinada sobre las letras. Cerré el libro y él me miró arqueando una ceja.
-No queda el de las virutas. Entre tú y ese enano...
-Pues traeme el que tú quieras.
-De acuerdo-aceptó lanzandome una última mirada desde la puerta.
-No deberías leer esas cosas-aconsejó componiendo su mejor cara de chico responsable.
Volví a abrir el libro, interponiendolo entre él y yo.
-Y tú no deberías cotillear sobre tus clientes-mascullé sin ningún interes en mantener aquella conversación con él.
-No cotilleo. Curioseo-me corrigió de nuevo jugando a ofenderse.
Me reí y le guiñé un ojo, señalando el libro con un movimiento de cabeza.
-Pues yo también estoy curioseando. Desaparece y no me desconcentres.
Compuso una falsa mueca asqueada y luego rió.
-Si necesitas información extra...-arqueó las cejas y frunció los labios. Sonreí.
-Lo recordaré-prometí.

Daniel III

Daniel estaba sentado sobre las escaleras de la casa donde su madre lo había dejado hacía unos minutos.

Pórtate bien con Eva, le había advertido antes de arrancar el coche y desaparecer en la esquina más próxima. Pero Eva no estaba, a puerta estaba cerrada y a Daniel no le quedaba otra que esperar.

Fiera corría por el césped del jardín delantero; a modo de correa improvisada, los cordones de las zapatillas de Daniel. El niño seguía sus pasos con curiosidad mientras que, sobre su regazo, ojeaba sus debes de geometría. La cobaya trepó con dificultad por las escaleras del porche y se revolcó sobre el felpudo en forma de mariposa.

El pequeño papel crujió cuando Fiera se tumbó encima.

Daniel la apartó con cuidado pero a pesar de todo Fiera soltó un estridente chillido que hizo al niño palmearle la cabeza.

Querida Emma, rezaba el papel dirigido a su madre, he tenido que salir un momento pero Tommy está al llegar. Bajo el felpudo esta la llave de la entrada. Deje a Daniel sin problema, no tardaremos.

El chillido fue mayor esta vez cuando Fiera fue retirada del mullido felpudo.

Bajo él, la impoluta llave de repuesto, brillaba.

lunes, 22 de agosto de 2011

Entre canciones de cuna

Para Unai


Y en sus pupilas brillaba el sol y se reflejaba el mar; zumbaban las abejas y reían los niños.

Sus pupilas curiosas y enormes, de un color plomizo, profundo e infinito.
Sus pupilas eternas y frágiles, luciendo a punto de ser resquebrajadas en miles de pequeños cúmulos de si mismas.
Sus pupilas que reflejaban su risa embriagante y pura, dichosa y burbujeante.
Sus pupilas que nos atrapan y nos envuelven y nos giran. Las que nos sacuden, nos embaucan y, finalmente, nos hacen sonreír.

Y entonces todo se reduce a eso, a sus pupilas tormentosamente inciertas.
Y cuando todo se reduce a algo tan irrelevantemente pequeño como los idénticos universos de los ojos de un niño, generalmente, se habla de amor.





Daniel II


Es un pueblo pequeño, le dijo su madre mientras conducía aquel lunes por la mañana hacía el colegio, no hagas tonterías o todos lo sabrán.

Daniel iba callado, con su mochila nueva descansando sobre sus rodillas. El uniforme le raspaba el pecho en el lugar donde el escudo del colegio había sido bordado. Además, le quedaba grande. Era el único que guardaba Eva de su hijo, le había dicho su madre cuando lo mencionó.

No había desayunado y se sentía como si una mano enorme le apretará por dentro, retorciéndole el estómago. Desde dentro de la mochila, Fiera soltó un suave chillido y Daniel se apresuró a taparlo con una tos. El flequillo rubio cubrió sus ojos. Su madre decía que eran almendrados. A él le recordaban más al color que permanecía en la tierra tras haber llovido por días.

Su madre se giró hacía él, detenida en un semáforo, con el ceño fruncido.

-¿Lo ves? Ya te has constipado. Tú y esa tonta manía de salir cuando llueve-su madre volvió a mirar hacia delante cuando alguien tocó el claxon. Arrancó el coche-. Debería haber tenido niñas-suspiró para sí misma.

Daniel pensó que tenía razón.

Debería haber tenido niñas.

domingo, 21 de agosto de 2011

Daniel I


Daniel estaba encerrado en el cobertizo. El agua caía sin cesar, golpeando el endeble techo de uralita y resbalando gotas por los sucios cristales. Su madre lo llamaba desde el porche y su voz sonaba preocupada.

Daniel no contestó; se hundió más entre las decenas de cajas de cartón que su madre aún no había tenido tiempo a desempacar tras la mudanza y apretó contra su pecho a Fiera, su cobaya blanca. El animalillo gimió y pataleó angustiado pero Daniel no le dejó ir.

Fiera había sido un regalo. Una compensación más bien. Cuando su abuelo había fallecido hacía cuatro meses y Daniel se había negado a hablar durante los días que siguieron, su madre decidió de pronto aceptar la propuesta que tanto había repetido Daniel y comprarle aquella cobaya.

Daniel tomó al pequeño animal entre las manos y le levantó, acercándole a su rostro. La pequeña nariz de Fiera hizo cosquillas en la del niño. Sus ojillos enteramente negros se fijaron en los de Daniel.

El niño le dio un beso entre los ojos y Fiera sacudió las orejas.

jueves, 18 de agosto de 2011

Canguros


Unai se duerme no sin antes luchar contra Morfeo un buen rato. Sus parpados tiemblan, luchando por no cerrarse y sus labios suspiran muy tenuemente. Cuando al fin se da por vencido su cabeza cae suavemente sobre mi hombro y siento su respiración, tenue y discontinua, humedecer mi cuello.


Abrazo más su cuerpo, tibio y pequeño, contra mi pecho y le acunó con cuidado, temiendo lastimarle de cualquier modo. Levantó los ojos, sonriéndote y acercándome despacio a ti; te susurró un “lo logré” con el que logro que me devuelvas la sonrisa.


Tu mano grande y morena acaricia su delicada nuca, que augura ser rubia algún día. “Parece ir a romperse en cualquier momento” meditas en un susurro. Te colocas a mi espalda para poder ver su rostro y siento el calor de una de tus manos en mi hombre desnudo y el cosquilleo de tu respiración cuando le susurras alguna tontería de esas que siempre logras inventar.

“¿Puedes cogerlo un momento?” te preguntó mientras tú tomas su mano, poniéndola contra tu palma y admirando el contraste de su piel, blanca y suave, contra la tuya, tan diferente. “Quiero colocarle mejor”.

Con aún más cuidado con el que yo le cojo, tú tomas al bebé y le apoyas en tu pecho un minuto. Tiene las manos convertidas en pequeños puños y los párpados firmemente cerrados. Su nariz está arrugada, molesta, y sus labios abultados.


Te miro un momento antes de tomarlo de nuevo. “Te queda muy bien” bromeo guiñándote un ojo y tú pones los tuyos en blanco.


“Listilla”


miércoles, 17 de agosto de 2011

La cabeza alta


"-La cabeza alta-dijó él de pronto, acariciandole el brazo.

-¿Qué?-preguntó ella, sin entender.

Él la dejó sola en el ascensor mientras recoría con los ojos a la menuda morena que le esperaba en la puerta de salida. Lanzó una última mirada hacía ella, sonriendo.

-Luchaste, amaste y perdiste. La cabeza bien alta.

Viéndole caminar y abrazar a la muchacha, ella también sonrió mientras las puertas del ascensor se cerraban."


Atracción


Existe un momento decisivo en la vida de toda persona. Un tiempo en el que te sientes realmente solo.


Por supuesto, no lo estás. La gente se mueve a tu alrededor, se preocupan por ti. Tus amigos, tu familia, la gente que te quiere. Pero tú apenas te das cuenta porque algún pilar de tu propio mundo se resquebraja y tu privada realidad se balancea sobre un abismo incierto de olvido y miedo.


Y entonces aparece esa persona, la que hace que veas de nuevo a los que te rodean y te recuerda lo equivocado que estás. La que es capaz de con una única palabra devolverte otra vez a la realidad que no es tan cortante ni fría ahora que está ella. Y gracias a esas personas, a miles y pasajeros ángeles de la guardia, seguimos adelante día tras día, noche tras noche.


Y a eso, ilusamente, lo llamamos atracción.