Las suelas de mis zapatos se hunden en la húmeda hierba.
Dejando atrás la casa, camino hacía el medio de la gran pradera desierta, sintiéndome pequeña y perdida bajo la fantasmagórica luz de la luna, difuminada por nubes grises y pasajeras. Las risas y las conversaciones se oyen ya muy a lo lejos. Ahora, los cantos de algunos desvelados grillos, mi respiración áspera y forzosa y el ladrido de algún perro son lo único que corta el silencio.
Me alejo, me sigo alejando de la plástica compañía que todos ellos me ofrecen, hasta que la valla me corta el paso. Dejo la frente apoyar en la fría forja y lloro, mirando a lo lejos la ciudad iluminada en tostadas luces que se reflejan en el mar.
Lloro y te llamo y grito y empujo la valla con furia.
Pero ya sé que no me oirás y que no vendrás y que sigo sola, atrapada aquí en medio de tanta gente y sola. Y no es impotencia, ni frustración, ni tristeza. Ni siquiera estoy enfadada porque no hay nadie a quien culpar.
Es tan solo esta presión, como una gran losa de mármol, sobre mi pecho. Pero ni se siente bien, ni mal. No es ni fría, ni caliente. Tan solo pesa. Demasiado a veces.
No crezcas. Por favor, no crezcas. No me dejes aquí, no te vayas, no te quedes. No me consueles, ni te lamentes de mí pero llévate esto contigo. Te cedo el relevo. Por favor, carga tú con esto por un tiempo.
Y les oigo llamarme, a lo lejos. Pedirme que vuelva, que hace frío, que me constiparé.
Y sé que están preocupados y que me quieren y que quieren que vuelva. Pero no es suficiente. Porque ellos no importan y nunca lo harán. Y primero me siento culpable y luego estúpida por sentirme culpable. Y vuelvo a gritar tu nombre y ellos se callan porque ellos no entienden, ni saben, ni quieren hacerlo.
Y una pequeña y tibia mano se engancha a la mía sin previo aviso y bajo la vista hacia esos ojos claros que me miran desde abajo y casi espero una pregunta o una petición para que vuelva a la casa. Pero sonríe al ver mis lágrimas y yo me arrodillo despacio frente a él y le abrazo.
Y él da palmaditas a mi espalda como si yo fuera la niña y él el adulto. Y siento la calidez de su mejilla contra la mía y sus manitas en mi nuca.
-Mamá dice-mustió en un confidencial susurro- que si no vuelves ahora mismo, vendrá y te arrastrara ella misma.
Sonrío y me aparto para mirarle y enredar mis dedos en los bucles castaños de su frente antes de cogerle en cuello, abrazando el calor de su cuerpo contra el mio, y caminar hacia las luces.