miércoles, 21 de diciembre de 2011

Psique.



Ven a buscarme. Por favor. Sálvame. Tengo miedo de pasarme el resto de mi vida pensando en ti. Te quiero. Te odio. Vuelve. Pídeme que vaya. Iré. Has sido el único. Por favor. No habrá reproches. Ni gritos. Te lo prometo. Hablaré menos. Protestaré menos. Te reñiré menos.


Quiero volver a escucharte recitar un puto poema. Por favor. Déjame volver. Te necesito. Estarás contento, ¿no? Nadie me ha importado tanto nunca. Tengo miedo de que no vaya a haber nadie más que me importe. Puedes sonreír cínico ahora. Quiero volver a soportar tu horrible música. Quiero revolver en tus cajones otra vez. Quiero sentarme en tu portal y esperarte. Quiero que me obligues a ver una película de miedo. Quiero que te rías cuando cierre los ojos. Quiero que me levantes horriblemente temprano para alguna absurda conversación.
Por favor, vuelve. Pídeme que vuelva.


Tengo un puto complejo de Edipo contigo, no sé si lo habrás notado.



lunes, 19 de diciembre de 2011

La historia...



"La historia del mundo occidental se rige por un antes y un después de Cristo.

La mia se rige por la primera vez que te ví. "



My name is Khan

lunes, 28 de noviembre de 2011

¿Dónde empieza la boca?



¿Dónde empieza la boca?

¿En el beso?
¿En el insulto?
¿En el mordisco?
¿En el grito?
¿En el bostezo?
¿En la sonrisa?
¿En el silbido?
¿En la amenaza?
¿En el gemido?

Que te quede bien claro
Dónde acaba tu boca
Ahí empieza la mía.



Mario Benedetti

lunes, 31 de octubre de 2011

Adéu.

La hiedra fría trepa por el mármol,
Ajena a los corazones rotos que, perdidos,
La rondan.

El aire pegajoso y húmedo oprime.
El cielo gris, ahoga.
El frío, escarcha.

Afiladas cruces y olvidados nombres.
Fechas lejanas y borrosas.
Flores secas.

Las oxidadas letras sostienen mi mirada,
Húmeda y asustada,
Y arrodillándome
Recuerdo cuanto le quise.

Antes de que el frío cale.
Antes de que se filtre y llegue a mis huesos.
Un aliento ronda mi oído,
Unas manos me levantan
Y un abrazo me cobija
Mientras te siento acompañar mis lágrimas.

Y recordamos cuanto le quisimos.


Adéu.

miércoles, 12 de octubre de 2011

"El tigre y la nieve"

Al-giumeili, amigo mío, hazme la glicerina. Sé que puedes si no ella morirá. Si ella muere, pueden cerrar el show que es este mundo, pueden llevárselo, desatornillar las estrellas, enrollar el cielo y ponerlo en un camión, pueden apagar este sol que tanto amo… ¿sabes por qué lo amo tanto? Porque la amo cuando la ilumina el sol. Pueden llevarse todo, estas columnas, estos palacios, la arena, el viento, las ranas, las sandías maduras, el granizo, las 7 de la mañana, mayo, junio, julio, la albahaca, las abejas, el mar, las calabazas… calabazas, Al-giumeili… ¡consígame la glicerina!

miércoles, 24 de agosto de 2011

¿Estás sola?

-¿Estás sola?
Levanté la cabeza, abandonado el relato que había estado leyendo. Sonreí a Carlos que miraba interesado por encima de mi hombro. Apreté el libro contra mi pecho, impidiendole leer.
-Deja de cotillear-le advertí.
-No cotilleo. Curioseo. ¿Quieres algo?
-¿Puedes traerme uno de esos helados con las virutas de colores?-pregunté.
Sus ojos verde musgo se achicaron cuando, al posar el libro sobre la mesa, logró descifrar algunas palabras. Chasqueé los dedos delante de sus ojos.
-¡Carlos!-me quejé empujando su pecho. Su cuerpo no se movió un centímetro y su cabeza seguía inclinada sobre las letras. Cerré el libro y él me miró arqueando una ceja.
-No queda el de las virutas. Entre tú y ese enano...
-Pues traeme el que tú quieras.
-De acuerdo-aceptó lanzandome una última mirada desde la puerta.
-No deberías leer esas cosas-aconsejó componiendo su mejor cara de chico responsable.
Volví a abrir el libro, interponiendolo entre él y yo.
-Y tú no deberías cotillear sobre tus clientes-mascullé sin ningún interes en mantener aquella conversación con él.
-No cotilleo. Curioseo-me corrigió de nuevo jugando a ofenderse.
Me reí y le guiñé un ojo, señalando el libro con un movimiento de cabeza.
-Pues yo también estoy curioseando. Desaparece y no me desconcentres.
Compuso una falsa mueca asqueada y luego rió.
-Si necesitas información extra...-arqueó las cejas y frunció los labios. Sonreí.
-Lo recordaré-prometí.

Daniel III

Daniel estaba sentado sobre las escaleras de la casa donde su madre lo había dejado hacía unos minutos.

Pórtate bien con Eva, le había advertido antes de arrancar el coche y desaparecer en la esquina más próxima. Pero Eva no estaba, a puerta estaba cerrada y a Daniel no le quedaba otra que esperar.

Fiera corría por el césped del jardín delantero; a modo de correa improvisada, los cordones de las zapatillas de Daniel. El niño seguía sus pasos con curiosidad mientras que, sobre su regazo, ojeaba sus debes de geometría. La cobaya trepó con dificultad por las escaleras del porche y se revolcó sobre el felpudo en forma de mariposa.

El pequeño papel crujió cuando Fiera se tumbó encima.

Daniel la apartó con cuidado pero a pesar de todo Fiera soltó un estridente chillido que hizo al niño palmearle la cabeza.

Querida Emma, rezaba el papel dirigido a su madre, he tenido que salir un momento pero Tommy está al llegar. Bajo el felpudo esta la llave de la entrada. Deje a Daniel sin problema, no tardaremos.

El chillido fue mayor esta vez cuando Fiera fue retirada del mullido felpudo.

Bajo él, la impoluta llave de repuesto, brillaba.

lunes, 22 de agosto de 2011

Entre canciones de cuna

Para Unai


Y en sus pupilas brillaba el sol y se reflejaba el mar; zumbaban las abejas y reían los niños.

Sus pupilas curiosas y enormes, de un color plomizo, profundo e infinito.
Sus pupilas eternas y frágiles, luciendo a punto de ser resquebrajadas en miles de pequeños cúmulos de si mismas.
Sus pupilas que reflejaban su risa embriagante y pura, dichosa y burbujeante.
Sus pupilas que nos atrapan y nos envuelven y nos giran. Las que nos sacuden, nos embaucan y, finalmente, nos hacen sonreír.

Y entonces todo se reduce a eso, a sus pupilas tormentosamente inciertas.
Y cuando todo se reduce a algo tan irrelevantemente pequeño como los idénticos universos de los ojos de un niño, generalmente, se habla de amor.





Daniel II


Es un pueblo pequeño, le dijo su madre mientras conducía aquel lunes por la mañana hacía el colegio, no hagas tonterías o todos lo sabrán.

Daniel iba callado, con su mochila nueva descansando sobre sus rodillas. El uniforme le raspaba el pecho en el lugar donde el escudo del colegio había sido bordado. Además, le quedaba grande. Era el único que guardaba Eva de su hijo, le había dicho su madre cuando lo mencionó.

No había desayunado y se sentía como si una mano enorme le apretará por dentro, retorciéndole el estómago. Desde dentro de la mochila, Fiera soltó un suave chillido y Daniel se apresuró a taparlo con una tos. El flequillo rubio cubrió sus ojos. Su madre decía que eran almendrados. A él le recordaban más al color que permanecía en la tierra tras haber llovido por días.

Su madre se giró hacía él, detenida en un semáforo, con el ceño fruncido.

-¿Lo ves? Ya te has constipado. Tú y esa tonta manía de salir cuando llueve-su madre volvió a mirar hacia delante cuando alguien tocó el claxon. Arrancó el coche-. Debería haber tenido niñas-suspiró para sí misma.

Daniel pensó que tenía razón.

Debería haber tenido niñas.

domingo, 21 de agosto de 2011

Daniel I


Daniel estaba encerrado en el cobertizo. El agua caía sin cesar, golpeando el endeble techo de uralita y resbalando gotas por los sucios cristales. Su madre lo llamaba desde el porche y su voz sonaba preocupada.

Daniel no contestó; se hundió más entre las decenas de cajas de cartón que su madre aún no había tenido tiempo a desempacar tras la mudanza y apretó contra su pecho a Fiera, su cobaya blanca. El animalillo gimió y pataleó angustiado pero Daniel no le dejó ir.

Fiera había sido un regalo. Una compensación más bien. Cuando su abuelo había fallecido hacía cuatro meses y Daniel se había negado a hablar durante los días que siguieron, su madre decidió de pronto aceptar la propuesta que tanto había repetido Daniel y comprarle aquella cobaya.

Daniel tomó al pequeño animal entre las manos y le levantó, acercándole a su rostro. La pequeña nariz de Fiera hizo cosquillas en la del niño. Sus ojillos enteramente negros se fijaron en los de Daniel.

El niño le dio un beso entre los ojos y Fiera sacudió las orejas.

jueves, 18 de agosto de 2011

Canguros


Unai se duerme no sin antes luchar contra Morfeo un buen rato. Sus parpados tiemblan, luchando por no cerrarse y sus labios suspiran muy tenuemente. Cuando al fin se da por vencido su cabeza cae suavemente sobre mi hombro y siento su respiración, tenue y discontinua, humedecer mi cuello.


Abrazo más su cuerpo, tibio y pequeño, contra mi pecho y le acunó con cuidado, temiendo lastimarle de cualquier modo. Levantó los ojos, sonriéndote y acercándome despacio a ti; te susurró un “lo logré” con el que logro que me devuelvas la sonrisa.


Tu mano grande y morena acaricia su delicada nuca, que augura ser rubia algún día. “Parece ir a romperse en cualquier momento” meditas en un susurro. Te colocas a mi espalda para poder ver su rostro y siento el calor de una de tus manos en mi hombre desnudo y el cosquilleo de tu respiración cuando le susurras alguna tontería de esas que siempre logras inventar.

“¿Puedes cogerlo un momento?” te preguntó mientras tú tomas su mano, poniéndola contra tu palma y admirando el contraste de su piel, blanca y suave, contra la tuya, tan diferente. “Quiero colocarle mejor”.

Con aún más cuidado con el que yo le cojo, tú tomas al bebé y le apoyas en tu pecho un minuto. Tiene las manos convertidas en pequeños puños y los párpados firmemente cerrados. Su nariz está arrugada, molesta, y sus labios abultados.


Te miro un momento antes de tomarlo de nuevo. “Te queda muy bien” bromeo guiñándote un ojo y tú pones los tuyos en blanco.


“Listilla”


miércoles, 17 de agosto de 2011

La cabeza alta


"-La cabeza alta-dijó él de pronto, acariciandole el brazo.

-¿Qué?-preguntó ella, sin entender.

Él la dejó sola en el ascensor mientras recoría con los ojos a la menuda morena que le esperaba en la puerta de salida. Lanzó una última mirada hacía ella, sonriendo.

-Luchaste, amaste y perdiste. La cabeza bien alta.

Viéndole caminar y abrazar a la muchacha, ella también sonrió mientras las puertas del ascensor se cerraban."


Atracción


Existe un momento decisivo en la vida de toda persona. Un tiempo en el que te sientes realmente solo.


Por supuesto, no lo estás. La gente se mueve a tu alrededor, se preocupan por ti. Tus amigos, tu familia, la gente que te quiere. Pero tú apenas te das cuenta porque algún pilar de tu propio mundo se resquebraja y tu privada realidad se balancea sobre un abismo incierto de olvido y miedo.


Y entonces aparece esa persona, la que hace que veas de nuevo a los que te rodean y te recuerda lo equivocado que estás. La que es capaz de con una única palabra devolverte otra vez a la realidad que no es tan cortante ni fría ahora que está ella. Y gracias a esas personas, a miles y pasajeros ángeles de la guardia, seguimos adelante día tras día, noche tras noche.


Y a eso, ilusamente, lo llamamos atracción.



martes, 5 de julio de 2011

Tregua.

No me digas “te quiero”.
No lo hagas porque entonces me iré. Me iré a algún lugar donde no me puedas encontrar nunca más, dónde nadie vuelva a decírmelo.
No lo hagas porque entonces sabré que puedes mentirme y no podré soportarlo.
No lo hagas porque no quiero oírlo. Porque no quiero tener que responder un “yo también”.
No lo hagas porque entonces sabré que puedo mentirte.

miércoles, 22 de junio de 2011

De la inteligencia al instinto.

La amistad es la forma más elevada del amor.
En el amor, siempre hay algo de lujuria, en la amistad toda posesividad desaparece. En la amistad no hay nada burdo; todo se vuelve absolutamente sutil.
El amor es egoísta. Nadie se eleva en el amor, todo el mundo cae.
¿Por qué te enamoras? Porque caes en la consciencia a la inconsciencia, de la inteligencia al instinto.


Rajneesh Osho

Se fue.

Olvidando las huellas de su espalda en la alfombra, la última púa sobre la mesita del salón, las tapas del libro de Whitman desgastadas y sucias reclamando espacio en mi estantería.

Y eso es lo que me queda; unos acordes perdidos, unos versos desgarrados y el cruel destello de sus ojos.

Entre ron y funeral.


Porque el trigo creció ya
Habrá una cerveza más.
Que otro perro ladre por ti.


Pero yo volveré a no rendirme a tus pies,
Aprenderé a correr lejos de ti.





sábado, 11 de junio de 2011

En punto.

Las dos agujas se encontraron apuntando al techo de la cocina; orgullosas y compitiendo por llegar más arriba. Como siempre los minutos ganaron y, dejando solas a las horas, dijeron "hasta luego" y se encaminaron a dar la vuelta al mundo.




Luz y sombra.

Sus dedos acarician las teclas con la paciente ternura con la que se palpa el cuerpo de un viejo amante. La melodía que eleva le envuelve y en su rostro aparece el atisbo de una media sonrisa.
Amagando el empiece de la canción, mira a su público; a los hombres trajeados y a las mujeres de caros vestidos y perlas inmaculadas, sentados en las cómodas butacas de terciopelo escarlata.
Sus yemas rondan en las fronteras de las teclas y sus ojos se elevan hacia los palcos. Los focos le dañan al mirar y por un instante todo es luz y claridad y al cerrar deslumbrado los párpados siente el punzante y ardiente recuerdo de aquella noche.
Y vuelve a tener catorce años y vuelve a arroparse dentro de su cazadora desgastada, atravesando el helado y desierto parque. Todo es sombra y sólo atreves de los árboles parpadea Londres.
Vuelve a entrar en el mismo bar de entonces y vuelve a verle.
Al hombre que le hizo comenzar su vida y terminarla al mismo tiempo. Vuelve a conocer al único hombre que ha amado y a su, por siempre, perdición. Y vuelve a darle todo y a quedarse con nada.
Cuando abre los ojos, la realidad le abruma y el majestuoso piano blanco de serpenteante cola se extiende bajo sus manos que han tomado la iniciativa y comenzado sin él. Bajando el rostro se centra en la partitura a pesar de no necesitarla.
Su voz se eleva y acompaña a su música.
El público calla y escucha; atiende a una letra que nunca llegarán a descifrar y a unas notas que se escapan de su compresión.
Toca y canta mientras le recuerda; a su inspiración más amada y a su pesadilla más temida; a su hombre de hielo y fuego.
Mantiene el último “la” y retrasa los aplausos que sabe que vendrán.
Al retirar las manos el público estalla en vítores y la oscura sombra de alguien de apenas catorce años llora contra un muro.

miércoles, 8 de junio de 2011

Memorándum.

Levanta sus enormes ojos de mi mano y los posa en los míos. Parpadea al ritmo de mi corazón.
-Te hace daño-asegura mientras sus dedos helados dan forma a la goma que rodea mi muñeca, marcándola con una suave línea.
Sonrío y acaricio su mejilla con la nariz.
-No-le susurro-. Solo me recuerda que está ahí.

martes, 7 de junio de 2011

Total Eclipse.




"-Me ha pedido la separación legal, alegando que tú y yo nos entregamos a relaciones inmorales.
-¿Y?
-Quiere saber si nos someteríamos a un examen médico.
-¿Qué?
-No les consiento que hagan acusaciones injuriosas.
-Un momento…
-Voy a contestarle hoy y a decirle que por lo que a mí respecta se pueden poner todos ellos a mirarnos el culo.
-¿Qué estás diciendo? Ella tan solo necesita alegar abandono. Y si alega abandono y sodomía iremos a la cárcel. Y yo no quiero ir a la cárcel.
-No lo sé. No sería tan malo."


Paul Verlaine y Jean Arthur Rimbaud serán conocidos como los amantes malditos, famosos por sus disputas en las calles de Stuttgart y París acabadas en golpes e insultos, reverenciados por sus obras poeticas y retratados mil veces como violentos corazónes demasiado heridos y que se entendían demasiado bien para sobrevivir juntos.

A destiempo.

Él la quería;
la dejaba calentar sus pies sobre su tripa,
acaparar el sofá mientras veían la tele y
aguantaba con paciencia las eternas horas en la biblioteca.

Él la quería y mientras ella trataba de no quererle,
la fue dejando poco a poco.

Ayer él la quería y hoy,
demasiado tarde, ella también le quiere.

Acampada.

No debían de ser más de las siete pero una claridad demasiado nítida para ser ignorada entraba por cada retazo de tela azul sintético de la tienda de campaña.

Había sido una noche de lo más anómala pero rebosante de perfección, con el viento perfecto y un cielo inmenso colmado de estrellas.

No habían precisado los sacos de dormir que llevaban preparando hacía meses en ningún momento de la madrugada.

Sobre sus cuerpos tan solo un par de ligeras mantas y como almohadas sus ropas ahuecadas.

Ambos estaban despiertos pero ninguno quería ser el primero en hablar. Eso les llevaría inevitablemente a mantener una conversacion que desembocaría en una discusión.

Así que, no hablaron y continuaron con los párpados cerrados, abrazados al cuerpo del otro y finguieron dormir durante mucho tiempo.






lunes, 6 de junio de 2011

Sin final.



En la habitación número 12 de un viejo hospital, la vida se apagaba despacio pero insistentemente. Dos respiraciones arañaban el silencio. La primera irregular fatigada, costosa y la segunda, tan solo profunda y cansada.
Luchaban contra el sueño a sabiendas de que podía ser la última noche juntos. Él la arropó intentando ignorar el anormal calor de aquel menudo cuerpo.
-¿Qué hora es?-preguntó ella. Su voz era apenas un tenue susurro.
-Algo más de las tres.
Su rubia cabeza se acomodó en aquel hombro duro y seguro. Su trabajosa respiración rozó los labios de él.
-Te quiero-susurraron ambos, primero la de los ojos claros, más tarde el moreno.
-Cuando pase…-meditó él- no quiero que nos despidamos…odio las despedidas.
Una temblorosa mano acarició su áspera mejilla. Sus labios pálidos se curvaron en una ligera sonrisa.
-No lo haremos.
-¿Quieres que traiga a los niños?
Se esforzó por negar con la cabeza.
-Diles que les quiero.
-Lo saben.
-Díselo igualmente.
Hablaban tan solo para llenar el temido silencio, tratando, no de retrasar lo inevitable, sino que esperar de la mejor manera; escuchando la voz del otro.
-¿En qué piensas?-preguntó ella.
-En lo asustada que tienes que estar.
-No lo estoy.
-Yo lo estaría.
-Yo no. Pero me siento como si te hubiera estafado. Prométeme que…
-Estaré bien.
Sus labios casi se rozaban. Los dedos de sus manos se entrelazaban, manteniendo cerca al otro.
-Recuerda que hay que pagar la factura del gas.
Él soltó una carcajada secándose las lágrimas que habían acudido a sus ojos sin previo aviso.
-Descuida.
Ella se encogió un poco más sobre su cuerpo. A cada segundo, se hacía más pequeña, más frágil. El calor, la vida escapaba de su cuerpo dejando un rastro de sudor frío en su lugar. Sin embargo, sus ojos mantenían ese brillo del que él se había enamorado en la preparatoria.
-Eli… ¿te duele?
Ella negó con la cabeza y él le beso la frente.
-Siempre has mentido muy mal. ¿Llamo al médico?
-Estoy bien, Cristóbal. No seas pesado.
-Solo intento…
-Lo sé. Deja de intentarlo y bésame.
Él sonrió mientras perfilaba sus labios con la yema de su dedo. Colocó un mechón rubio tras su oreja susurrando un te quiero tras otro mientras acariciaba sus labios con los propios, con extrema suavidad, temiendo dañarla de cualquier modo.
Sus pequeñas manos se enredan en su moreno pelo. Por un momento, sus corazones latieron a la vez y a las primeras luces del alba, el de ella fue perdiendo fuerza hasta que, aún entre aquellos grandes brazos, se detuvo por completo.
Él la contempló un momento.
Sus labios curvados en una pacífica sonrisa, sus párpados cerrados con dulzura por la mano de algo o alguien que escapaba de toda capacidad humana, sus dedos, inmóviles y tibios aún, descansando flácidos entre los suyos.
Se levantó y cubrió su cuerpo hasta sus finos hombros a sabiendas de que no soportaría la idea de esconder aquellos rasgos.
Dio unos pasos atrás, llevándose una mano a la mejilla, preguntándose por qué tardaban aquellas lágrimas que él sabía que existían en derramarse.
La respuesta no tardó en llegar.
No era el momento.
Había otros que le necesitaban ahora. Rozó su frente con los dedos, antes de besarla.
Colocó aquel rebelde rizo tras su oreja por última vez y susurró en su oído todas aquellas palabras que ambos sabían de sobra.
Rozó sus labios una vez más y apretó con suavidad su mano, antes de salir de la habitación, cerrando la puerta a su espalda.

Al llegar a casa aquella noche, una vez acostados los confusos niños, una vez llamado a amigos y familiares, caminó arrastrando los pies, a su cuarto.
Al de él. Al de ella.
Sonrió, dejando ir las primeras lágrimas, cuando ya acostado, recayó en un sobre de papel en la mesita.
La factura del gas.
Una rápida mano había garabateado con destreza:


"No lo olvides. Te quiero. Eli."

Primera impresión.




El cuarto de un niño a primera hora de la mañana. Mantas y almohadas tiradas por el suelo precipitadamente. El despertardor roto junto a la mesa, marcando las dos de la madrugada.




Y en una esquina de la habitación, un niño sentado,
abrazandose a si mismo.






domingo, 5 de junio de 2011

Niño de nieve.

Te escribo a ti, niño de nieve. Escribo a ti y escribo para ti. Son tus labios claros y tibios los que me dictan con palabras silbantes y llenas de erotismo ignorado.
Sueño con el momento de sostenerte contra mí, de acariciar tus mejillas y hallar la suavidad que me mece en mis fantasías llenas de ti y de mí, de mí contigo y de ti conmigo.
Mi príncipe de cristal, lo daría todo por robarte el rubor incierto de tu primera vez. Pero cuantas manos y cuantos ojos y cuantas bocas te codiciaran antes que yo si quiera sea para ti un nombre. Y es que ahora no soy nada, mi pequeño de invierno dulce, pero no dudes que lo seré. Y seré más que nada, más que nadie, por y para ti que ya eres mi todo.
Estás tan lejos y a la vez tan cerca. Nos separan tierras y mares y aún así un espejismo tuyo, patético imitador de tu feroz belleza, se derrama cada noche entre mis piernas. Se derrama y me deja sola de nuevo, con el vientre sofocado y el corazón velando por ti, tan ajeno, distante y frágil como tú, ángel de mármol.
Te escribo a ti, niño de nieve, hoy que no puedo jadear en tu oído, hoy que las gotas que surcan los cristales se asemejan a tus iris de cielo nórdico y me miran. Me contemplan centenares de pobres reflejos de tu mirar puro y despejado y se clavan en mí recordándome tu ausencia y lejanía.
Ya no pienso otra cosa que en todo tú. Ya no amo otra cosa que tu piel y tus labios y tus ojos. Y si pudiera mostrarte todos los gemidos de los que eres dueño.
Tú y solo tú, vaporoso e incierto hombre de marfil, gastas mi cama. Mi cama, mis sueños, mis gritos. Me gastas y de madrugada me desvela tu imagen nítida y tan real que al querer palparla, besarla y recorrerla, despierto, con aún el recuerdo de tus muslos limpios y jóvenes, del sabor de tus besos hambrientos e inexpertos, de la calidez de tu sexo pesado y orgulloso, del timbre de tus primeros gemidos tímidos y asombrados por igual.
Me aferro a la imagen de un tú expuesto y vibrante y en mis manos y aplaco la cruel y cortante realidad de tu ignorancia en mi persona.
Eso es la vida; el justo momento de tu orgasmo imaginario; el grito, el espasmo y la sacudida; el jadeo, el resoplido y el suspiro; tu rubor, tu mordisco y tu temblor.
Eso es la vida, mi criatura de plata, eso es la vida y cualquier otra cosa una absurda imitación de un vivir vacio y pobre.
Te escribo a tí, niño de nieve, siempre te escribo a tí.


Estímulos, estímulos, estímulantes...

Regálame sólo el último de tus gemidos,
Y el brillo final de tus pupilas
Idas y ajenas, embadurnadas de placer y lívido escarchado.

Dame el decisivo apretón de tus piernas
Ese que ahoga y duele
Ese que permite liberar cúmulos de galaxias encerradas en nuestras sienes.

Cédeme el estremecedor espasmo que te sacude,
Que te vacía.
Ese que marca el después, ese que augura tanto y tan poco.

Así te recordaré.
Tenso y vibrante, parpadeante y difuso.
Escurriéndote de este mundo
Escapando de mí, de ti y de todo.

Evocaré una plástica imitación tuya.
De un tú delicioso e incitante.
Punzante y glorioso.
Solo para evadir la inminente soledad
Que me espera en algún cuarto lejos del tuyo.

"La mejor jugada del diablo fue convencer al mundo de que no existía."

-¿Cuál es tu nombre?-pregunto mientras sus rizos se balancean al ritmo de la cancioncilla que ha tatareado desde el principio.
-Amy-me contesta su voz quebrada.
-¿Amy?-inquiero, asegurándome de haber oído bien.
-Sí-sonríe, encantador y diabólico pestañeando sugerente.
-¿Qué significa?-vuelvo a preguntar tras un rato en silencio, escuchando su escurridiza melodía.
-¿Qué?
-Amy; ¿qué significa?
-Es un ángel caído.
-Ya-comento guardándome mis pensamientos.
-Y una cantante de pop-agrega jovialmente mientras se envuelve en mi gastada chaqueta y se hace un ovillo en su asiento.
Durante unos minutos ninguno habla.
El motor ronronea quejándose, como un gran gato herido y viejo. La nieve continua cayendo y las mejillas de Amy, poco a poco, recuperan su color. Sus ojos pestañean cada vez con menor frecuencia.
-De nombre sagrado-susurró creyéndole ya dormido. Sin embargo, sus enormes pupilas me miran interrogantes- Jerome-explico sintiéndome patético-, mi nombre. Significa de nombre santo.
Una risa se ahoga en su garganta. Sube los pies al sillón y puedo ver sus pies descalzos y pequeños resaltar al final de sus oscuros pantalones.
-Precioso-comenta rodando los ojos y lo siguiente que escucho es su suave ronquido.

jueves, 10 de marzo de 2011

Acompañame a estar solo.




Acompañame a lo absurdo de abrazarnos sin contacto.
Tú en tu sitio; yo en el mío.
Como un ángel de la guardia.

No te quiero.


No te quiero. Porque me irritas, me exaltas, me cabreas. Porque me destrozas esquemas, teorías e hipótesis. Porque me confundes.
No te quiero. Porque odio como miras, como andas y como tocas. Porque odio como terminas el vaso de un trago o como tus manos están siempre aún más heladas que las mías.
No te quiero porque eres arrogante y terco y estúpido. Porque me desquicias, me alteras, me descolocas. Porque detesto la forma que tienes de silbarme y como me miras desde el condenado balcón de tu cocina.
No te quiero porque no quiero verte, ni hablarte y porque tu nombre completo me da escalofríos.
No te quiero porque me haces llorar.
No te quiero porque eres incapaz de ver más allá de tus narices. No me gusta como pones los ojos en blanco y como pateas las latas mientras caminas. Odio que te pares en los videoclubs y que me hagas sinopsis de cada cartelera. Odio que me mires de arriba abajo cuando digo una tontería. Odio cuando te ríes de solo tú sabes qué y me fastidia ese descaro de tus ojos y tu irritante manía de rozar las puntas de tus deportivas con el suelo al andar.
No te quiero porque no.

Sé porque no te quiero. Pero no sé porque te amo tanto.

lunes, 31 de enero de 2011

Sin título.

Las suelas de mis zapatos se hunden en la húmeda hierba.
Dejando atrás la casa, camino hacía el medio de la gran pradera desierta, sintiéndome pequeña y perdida bajo la fantasmagórica luz de la luna, difuminada por nubes grises y pasajeras. Las risas y las conversaciones se oyen ya muy a lo lejos. Ahora, los cantos de algunos desvelados grillos, mi respiración áspera y forzosa y el ladrido de algún perro son lo único que corta el silencio.
Me alejo, me sigo alejando de la plástica compañía que todos ellos me ofrecen, hasta que la valla me corta el paso. Dejo la frente apoyar en la fría forja y lloro, mirando a lo lejos la ciudad iluminada en tostadas luces que se reflejan en el mar.
Lloro y te llamo y grito y empujo la valla con furia.
Pero ya sé que no me oirás y que no vendrás y que sigo sola, atrapada aquí en medio de tanta gente y sola. Y no es impotencia, ni frustración, ni tristeza. Ni siquiera estoy enfadada porque no hay nadie a quien culpar.
Es tan solo esta presión, como una gran losa de mármol, sobre mi pecho. Pero ni se siente bien, ni mal. No es ni fría, ni caliente. Tan solo pesa. Demasiado a veces.
No crezcas. Por favor, no crezcas. No me dejes aquí, no te vayas, no te quedes. No me consueles, ni te lamentes de mí pero llévate esto contigo. Te cedo el relevo. Por favor, carga tú con esto por un tiempo.
Y les oigo llamarme, a lo lejos. Pedirme que vuelva, que hace frío, que me constiparé.
Y sé que están preocupados y que me quieren y que quieren que vuelva. Pero no es suficiente. Porque ellos no importan y nunca lo harán. Y primero me siento culpable y luego estúpida por sentirme culpable. Y vuelvo a gritar tu nombre y ellos se callan porque ellos no entienden, ni saben, ni quieren hacerlo.
Y una pequeña y tibia mano se engancha a la mía sin previo aviso y bajo la vista hacia esos ojos claros que me miran desde abajo y casi espero una pregunta o una petición para que vuelva a la casa. Pero sonríe al ver mis lágrimas y yo me arrodillo despacio frente a él y le abrazo.
Y él da palmaditas a mi espalda como si yo fuera la niña y él el adulto. Y siento la calidez de su mejilla contra la mía y sus manitas en mi nuca.
-Mamá dice-mustió en un confidencial susurro- que si no vuelves ahora mismo, vendrá y te arrastrara ella misma.
Sonrío y me aparto para mirarle y enredar mis dedos en los bucles castaños de su frente antes de cogerle en cuello, abrazando el calor de su cuerpo contra el mio, y caminar hacia las luces.

viernes, 21 de enero de 2011

Verdades básicas

Se necesita algo de comprensión. Y hay que darse cuenta de unas cuantas verdades básicas. La primera es que nadie ha nacido para otro. La segunda es que nadie está aquí para satisfacer tus ideales de cómo alguien debería ser. La tercera es que tú eres el maestro de tu propio amor, y puedes dar tanto como quieras; pero no puedes exigir el amor de la otra persona, porque nadie es esclavo de nadie.

Si se pueden comprender estos simples hechos, no importa si estás casado o soltero, podéis estar juntos; permitiéndoos espacio el uno al otro, sin interferir nunca en la individualidad del otro. De hecho, el matrimonio es una institución anticuada. Y en primer lugar, vivir en una institución no es bueno. Todas las instituciones son destructivas. El matrimonio ha destruido casi toda posibilidad de felicidad en millones de personas; y todo por cosas que no valen para nada. Para empezar, el matrimonio, el propio ritual, es artificial.

Rajneesh Osho

sábado, 15 de enero de 2011

VIII

+¿Te has muerto?
-No.
+¿Lo he hecho yo?
-Tan solo se ha ido la luz. Nos sacaran de aquí antes de que nos demos cuenta.
+No se caerá el ascensor, ¿verdad?
-¿Adonde coño va a caerse?
+Ya sabes… al agujero del ascensor. Ese por el que escalan los de las pelis.
-Patético.
+¿Y el oxígeno?
-¿Qué pasa con él?
+¿No se irá a acabar?
-Es un ascensor, no una cámara acorazada.
+¿No tienes calor?
-¿Quieres relajarte? Solo serán un par de minutos.
+¿Dónde estás?
-Aquí; siéntate a mi lado.
+¿Alguna vez te he dicho que te quiero?
-No te pongas en plan melodramático. No vamos a morirnos.
+Si me da algo antes de que vengan los bomberos, tendrás que hacerte cargo del cachorro.
-Eres tan insoportable. Tanta gente con la que podía haberme quedado aquí con la luz apagada y me tocas precisamente tú.
+¿Recuerdas esa peli que vimos con mi hermana aquella vez? La del avión que se estrellaba en las montañas y en la que los supervivientes sobrevivían…
-Comiéndose a los muertos. Sí, me acuerdo.
+Por lo menos aquí nos acabaran encontrando dentro de nada.
-¿Lo ves? Solo hay que saber mirar el lado bueno de las cosas.
+…Oye.
-¿Mm?
+Tengo hambre.
-Hay que joderse.