
El ruido constante, el calor de la cocina, las conversaciones a mí alrededor.
Hago una bola con mi hoja de papel y me rindo totalmente. Demasiado ruido, demasiado calor, demasiadas conversaciones.
Mi madre y mis tías tratan de que mi abuela no lo haga todo.
Mi prima grita desde lo alto de las escaleras. No encuentra su camisa. Aquella gris con el cinturón negro.
Mi tío me aparta a un lado con una suave colleja. “No estés por el medio, faltosa”
Le sonrío y le saco la lengua mientras me hago a un rincón.
Llamo al perro pero está demasiado ocupado siguiendo cada uno de los pasos de mi abuela en la cocina.
Paso al salón. Partido de fútbol. Una repetición. Suponiendo que haya sido interesante la primara vez que se jugó, me pregunto que interés puede tener ahora que habn visto cada jugada a cámara lenta en el telediario. Mi primo demasiado enfrascado en su nuevo juego de la play station para dedicarme siquiera una mirada. Mi padre y mi tío se ríen de algún chiste que estoy segura no quiero escuchar.
Suspiro saliendo al pasillo. En el descansillo de la escalera mi hermana habla con un par de muñecas de mi prima que habrá encontrado por la casa. Arancha, a su lado, trata de seguir el juego. Tiene paciencia Arancha.
A través de la ventana veo a mi padrino y a mi primo discutir. No les escucho, veo sus ademanes y sus bruscos gestos y me es suficiente. Normalmente discutirían dentro, en la cocina, sin necesidad de salir al porche helado. Pero nadie les permitirá gritarse dentro. Nadie discute en navidad y pobre del que lo contradiga.
Cruzo el pasillo y rozó con los dedos la suave tela dorada bajo el simple belén. Odio ese belén desde niña, pero allí sigue año tras año. Cuando era pequeña lo más entretenido de tener belén era poder jugar con las figuritas como si fuesen muñecos, pero aquellas no se podían tocar, porque aquellas eran muy caras. Como si yo hubiera tenido alguna vez interés en jugar con un belén que ni siquiera tiene una mula y un buey. Birria de belén.
Abro la puerta trasera y salgo al patio.
Al agua de la piscina es oscura y oigo el gorgoteo de las suaves ondas que produce el viento sobre su superficie.
Camino hasta el empiece de la hierba y miro al cielo.
De las miles de millones de estrellas presentes solo recuerdo cuatro. La más brillante de las osas y las tres sobre el cinturón de Orión.
Pienso en que Orión sería un buen nombre también. Fuerte, sonoro. Recordaré decírselo a Marcos la próxima vez que le vea.
Oigo un suave maullido entre los cojines de los sillones bajo el pequeño tejado que sobresale de la gran casa y que sirve tanto de sombrilla como de paraguas. Me acerco despacio al siamés acurrucado entre las estampadas cubiertas de los sillones. Acaricio su lomo y él maulla complacido y se incorpora levemente en busca de más caricias.
Le tomo en brazos y me siento en uno de los fríos asientos apretándole contra mi pecho.
-Feliz Nochevieja-le susurro en la oreja y cierro los ojos y me imagino que él puede oírme y sonrío cuando tan solo obtengo por respuesta un largo ronroneo.
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