"Y te echo de menos, de menos, de menos.
Espacio vacío de mi corazón.
Camino deprisa
ni busco ni encuentro,
ni paso ni quiero,
ni tengo ni doy."
Para ti, si Dios existe.
Para Carlos, si lo quiere.
Se nos apagaron los murmullos felices de la infancia
y con tu partida, todos despertamos un poco,
Como si la burbuja en la que nos sumías estallara de pronto.
El mundo se hizo más cruel, más frío. Y nosotros estábamos solos.
Por primera vez, nos sentimos solos.
La cama de hospital volvió a ser una cama de hospital
Y la sala de espera ya no esperaba nada.
Eramos adultos. Horrorosamente adultos.
Heredamos el dolor y las culpas.
Y pesaban.
La certeza del "nunca más" apareció por primera vez en nuestras cabezas.
Se extinguió para siempre el olor de tus abrazos
y tus caricias ásperas.
Ya no era posible la abstracción del mundo,
Aquella forma tuya de llevarnos a donde tu mente volaba, se fue también, contigo.
De pronto ya no había nada entre nosotros y el mundo.
Nada que nos protegiera de la realidad que quemaba y dolía.
Que solos nos dejaste,
en la ridícula trinchera de una guerra que no es la nuestra,
ni la de nadie.
Que lección nos diste.
Prometemos no dejar de ser un poco niños nunca
Y cuando nos raspemos las rodillas o la vida nos arañe,
Recordaremos la seguridad que encontramos tras tus piernas,
tus dedos en nuestros rizos, consolando y protegiendo.
Ojalá pudiéramos darte las gracias.
Ojalá pudiéramos decir las cosas que nunca dijimos.
Ojalá si pudiéramos hacerlo, nos entendieras,
en alguno de aquellos minutos de lucidez escalofriantes.
Descansa merecidamente; tus niños te quieren acá abajo,
cada uno a un lado del telón de acero.

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