Oigo tu corazón. El que me diste alguna mañana, muy temprano.
No lo cuide muy bien. Se me cayó varias veces en el camino. Pero siempre volví
a buscarlo.
Oigo tu respirar. Sé que hice que tu aliento se congelara
muchas veces. No se me dio bien velar por tus pulmones, vigilar los temblores
de tu pecho. Pero amé cada bocanada, cada sollozo.
Veo tus ojos. Sé que los deshice, sé que los quemé.
Perdóname. Congele tus pestañas, hice arder tus pupilas. Pero sé me de memoria
las líneas de tus iris, las arrugas en las esquinas de tus párpados al
sonreírme.
Toco tus mejillas. Las encharqué, probé la sal de tus lágrimas
que me endulzó el corazón y me marcó el alma. Pero adoré cada peca sobre la
piel pálida.
Perdóname. Yo lo hice contigo. Cuando me mordías el corazón,
cuando me arrancabas la respiración, cuando deshacías mis ojos, cuando
golpeabas mis mejillas.
Perdóname y vuelve. Que voy a quererte menos pero voy a
hacerlo mejor. Ahora sé cómo.
Y si me dejas, destrozaré a quien te lastime los latidos, a quien te
moleste al respirar, a quien agüe tus ojos, a quién magulle tus mejillas.
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