sábado, 2 de octubre de 2010

Mentiras





No podía dejar de pensar él.
Estaba furioso, decepcionado, dolido pero no podía evitar echarle de menos.
Lo maldije, por mentirme durante los últimos seis meses, por haber aparecido la primera vez que nos vimos, por haber sido la única persona con la que me sentía vivo.
Y luego me arrepentí y me insulté a mí mismo en compensación.
Aquello era patético. Todo había terminado ya.
Suspiré cuando, tumbado en el sofá, con la quinta cerveza de la noche en la mano, el timbre de la puerta reclamó mi atención.
Lo ignoré. Fuera quien fuese terminaría cansándose y dejándome compadecerme en paz. Me equivoqué y acompañado de los golpes de aquellos insistentes nudillos, caminé hacia la puerta.
Allí, de pie sobre las escaleras del porche, calado hasta los huesos por la interminable lluvia de aquel largo abril, estaba él.
Me miró, callado. Hice el ademán de cerrar la puerta. Me detuvo.
-Escúchame-pidió con la voz rota.
Suspiré. Que no llorara, que no llorara, que no llorara…
-Ya te he dicho…
-Es cierto, te mentí. Sé que fue estúpido, no lo pensé. Sé… sé que debería tener algo mejor pero… lo siento.
-Continúa-me crucé de brazos, apoyando mi hombro en el quicio de la puerta.
Me miró sorprendido unos segundos. Se acercó un paso, lentamente.
-Mi padre no trabaja en el hospital. Es abogado, es el abogado que mandó al tuyo a la cárcel. Mi madre no está visitando a su hermana; murió hace años en un accidente de tráfico. No tengo apartamento propio, vivo con mi padre. Nos peleamos continuamente y nunca hemos ido a pescar juntos. No quiero ir a la universidad como tú, me parece aburrido. Odio la música que pones cuando vamos en el coche, no soporto esas canciones sin letra. No me gustan tus bizcochos; llevan demasiada azúcar. Me caen mal tus amigos, siempre están tomándome el pelo y me hacen sentir como un crío. La camiseta que me regalaste me va demasiado apretada y me siento cortado con ella. No me gusta a los bares a los que vamos; hay demasiado ruido y no puedo escucharte hablar. No me gustan las películas antiguas y detesto ir al gimnasio. Ni siquiera he empezado el libro que me prestaste porque prefiero los comics. Te mentí y lo siento. Pero hubieras salido corriendo de no haberlo hecho.
Suspiré, revolviéndome el pelo.
La cabeza me daba vueltas. Me pregunte cuanta cantidad de culpa tendrían las cervezas.
-¿En serio crees que lo hubiera hecho?
Apartó la mirada, sacudió la cabeza, se mordió los labios.
-No lo sé-confesó débilmente.
-¿Qué quieres de mí?-le exigí saber.
-Quiero oírte decir que me perdonas-susurró mirando fijamente las puntas de sus zapatos.
-¿Cómo podría? ¿Cómo sabré si no me has mentido en cosas aún más importantes?
-No en la más importante-me aseguró.
-¿Y cuál es?-pregunté cansado.
Levantó la mirada. Sus ojos me traspasaron, inseguros y aguados.
Un instante antes de que hablara, sabía lo que iba a decir.
Un instante antes sabía que le perdonaría. Le perdonaría aquello y cualquier otra cosa que me pudiera haber echo. Le perdonaría porque yo tampoco le había mentido respecto a eso.
-Te quiero.

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