El sol derrama sus rayos de oro líquido e irradia un calor
sofocante y pegajoso.
El aire acondicionado se ha averiado y en la autopista no
hay sombra.
Por las ventanillas entran el débil olor del mar, de las
brizas y de la manzanilla en la cuneta, y se mezclan con el del
ambientador de pino.
Su pelo negro juega a provocar al viento enfurecido. Ondea y
se sacude y las gotas que la reciente ducha ha dejado en él, se desprenden y me
mojan la mejilla.
La miro mientras subo los pies descalzos al asiento.
Ella alarga la mano y prende la radio. Ella tiene la piel
caoba y los ojos inmensos.
La música suena alta, cubriendo el ruido de las ventanillas
abiertas.
Ella reconoce la letra y canta a gritos, sonriendo. Sonríe y
se calientan algo más el sol, el aire y los suspiros.
Sonrío también. Aún canta fatal, pero recuerdo como cuando
era pequeña solía oírla durante horas, encerradas en la buhardilla.
Recuerdo las muñecas y los carricoches esparcidos por el
prado. Cierro los ojos y veo las carreras de sacos, los renegrones y los
arañazos.
Recuerdo el eucalipto enorme que daba sombra y susurraba.
Recuerdo hacer comiditas con sus frutos y como lo talaron. Recuerdo su
caída y el trueno.
La cucharilla en el fondo de la piscina. Bañar al gato.
Cazar grillos. Deslizarse por el pasamanos de las
escaleras. Las constelaciones. El intento fallido de acampada. Las
rosas. Las hortensias. Los caracoles y mi abuelo. Los gallos, las gallinas, los
conejos. Jack, el pequeño y blanco Jack, tembloroso contra mi pecho. La
Navidad en el garaje. El abrasadora cocina de leña. Las siestas en las
improvisadas camas de cojines y toallas.
Lo que la gente se pasa años buscando; la felicidad,
supongo.
Con sus empujones, con los llantos y las acusaciones a
nuestras madres. Con los pucheros, con los grandes ratos mirando a la pared,
tratando de contener la risa.
María canta más alto el estribillo y me pellizca el brazo
para que me una.
Brilla. Con esos ojos de obsidiana, con esa luz de
atardeceres, con la sonrisa radiante.
Tantos años, tanto mirarla y la veo ahora. Hoy, por primera
vez, la veo de verdad.
Canto con ella, desafinando ambas.
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