Es tarde y el despertador comienza la marcha atrás de un tiempo que debería de emplear en dormir y no en escribir esto, que no llevará a ningún sitio ni cambiará nada.
Pero no puedo evitarlo porque aunque el sueño me pese sobre los párpados, no me siento a salvo. Y es preocupante esto que me ocurre en lo que consideraba mi rincón.
No oigo el mar, ni las gaviotas. Están demasiado lejos. Tampoco entra la noche entre los huecos de mis cortinas porque aquí, en la ciudad, las persianas se cierran del todo por el ruido, los coches y los horribles camiones de basura.
Me siento encerrada y sola y me acuerdo de ti.
Todo está en silencio gracias a las persianas grises como el hierro, pero no es un silencio amigable, es artificial y envidioso.
No hay campanas de iglesia, no hay ladridos, no hay cantos de gallo, no hay bocinas de barcos a lo lejos. Si abriera la ventana (tras levantar la impenetrable persiana) vería asfalto y monstruos de metal y ladrillo.
Me han robado el mar, el verde, los pueblos blancos y empinados. Me siento estafada y sorprendida de lo que añoro.
En el pequeño zulo de ciudad en el que se ha convertido mi rincón, te echo de menos también a ti aunque tenga la certeza de que te veré en poco tiempo. Sé que cerrar los ojos sería más fácil si tu brazo me rodeara y pudiera oírte respirar.
Tengo ganas de llorar porque te quiero aquí de verdad, quiero la solidez de tu pecho y el calor de tus ojos cuando me sonríen. Quiero dormir contigo, que compartamos el sueño y no sentirme sola nunca.
Pero habrá que contener el llanto.
Habrá que aguantar.
Habrá que esperar.
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