La acera es dura y gris, despiadada; con su corte afilado y
su continuar infinito.
El jirón de tu alma en mi garganta se enrolla y ronronea. Tu
alma tiene el lomo cálido y los dientes afilados, las orejas puntiagudas y las
patitas blancas.
Tu alma sabe ser cruel cuando se enfurece y sus destellos
verdes queman destrozándolo todo, haciendo trizas los planes y esquemas. Tu
alma se eriza ante caricias ajenas o palabras desconocidas y gruñe, sacudiendo
cada cosa.
Pero hoy solo hay sosiego y calma; está tranquila
y dulce, y sus maullidos acarician mis sienes y derraman hilos de plata sobre
cada pensamiento, arropándolos, protegiéndolos.
Hoy, dormita en su rincón, contra el calor de mi yugular y
el ritmo de mi pulso.
Hoy, el cielo es gris también, como la calle, como los
edificios, como las palomas. El gris está bien: el gato bufa cuando todo es de
colores, saca las garras y me desgarra el corazón.
Está más que feliz hoy. Tanto que casi lo acaricio, casi lo
mezo, casi lo abrazo. Y todo arde cuando no lo hago.
No hay nadie alrededor, por eso no hay ruido, ni tampoco
silencio. Por eso no hay humo…
Por eso no hay humo y el gato respira contento cada aliento,
saboreándolos plácidamente, inundando cada bocanada que tomo con el calor de
sus pulmones y el color del arrullo de su garganta. Tiene los ojos cerrados y
se lame una zarpa, tan orgulloso de sí mismo que su cola se contonea y se
enreda en mis recuerdos sacudiéndolos a su antojo.
Ya no hay nadie. Como a él le gusta.
Y cuando todos se han ido, solo queda el gato. Quedo yo y la
tranquilizante presencia de mi fantasma favorito, dormitando despreocupado,
como más me gustaba.
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