Hay que querer con todo y
con nada. Hay que querer con los huesos y con la carne y con la sangre. A cada
paso, a cada pestañeo. Con la respiración y los suspiros. Hay que amar cuando
no quede nada y cuando ya lo tengamos todo. Querer en las noches largas y
cuando las horas pasen rápido. Cuando todo sea muy fácil y cuando no veamos
nada. Con palabras y con actos. En silencio y a gritos. Cuando duela amar,
cuando nos queme por dentro. De lejos y muy de cerca. Con la nariz y los ojos y
las yemas de los dedos. Y querer nos hará frágiles y también fuertes. Nos hará
los más cobardes y los más valientes. Los más felices y los más desdichados. Querer
nos dará el motivo para levantarnos por las mañanas. Para que no vengan los
fantasmas a molestar a medianoche. Nuestros pasos serán hacía su sonrisa. Nuestras
manos esculpirán su bienestar. Y estaremos ahí, cuando caiga y cuando se raspe
las rodillas. Estaremos cuando no sepa a donde ir o cuando lo tenga demasiado
claro. Incluso estaremos cuando él no este y ya no nos necesite y ya nadie nos
espere. Aguardaremos con los dedos cruzados y el corazón en vela, esperando
haberlo hecho bien. Y si lo conseguimos, eso es lo único que jamás nos podrán
quitar.
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