lunes, 22 de agosto de 2011

Daniel II


Es un pueblo pequeño, le dijo su madre mientras conducía aquel lunes por la mañana hacía el colegio, no hagas tonterías o todos lo sabrán.

Daniel iba callado, con su mochila nueva descansando sobre sus rodillas. El uniforme le raspaba el pecho en el lugar donde el escudo del colegio había sido bordado. Además, le quedaba grande. Era el único que guardaba Eva de su hijo, le había dicho su madre cuando lo mencionó.

No había desayunado y se sentía como si una mano enorme le apretará por dentro, retorciéndole el estómago. Desde dentro de la mochila, Fiera soltó un suave chillido y Daniel se apresuró a taparlo con una tos. El flequillo rubio cubrió sus ojos. Su madre decía que eran almendrados. A él le recordaban más al color que permanecía en la tierra tras haber llovido por días.

Su madre se giró hacía él, detenida en un semáforo, con el ceño fruncido.

-¿Lo ves? Ya te has constipado. Tú y esa tonta manía de salir cuando llueve-su madre volvió a mirar hacia delante cuando alguien tocó el claxon. Arrancó el coche-. Debería haber tenido niñas-suspiró para sí misma.

Daniel pensó que tenía razón.

Debería haber tenido niñas.

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