Existe un momento decisivo en la vida de toda persona. Un tiempo en el que te sientes realmente solo.
Por supuesto, no lo estás. La gente se mueve a tu alrededor, se preocupan por ti. Tus amigos, tu familia, la gente que te quiere. Pero tú apenas te das cuenta porque algún pilar de tu propio mundo se resquebraja y tu privada realidad se balancea sobre un abismo incierto de olvido y miedo.
Y entonces aparece esa persona, la que hace que veas de nuevo a los que te rodean y te recuerda lo equivocado que estás. La que es capaz de con una única palabra devolverte otra vez a la realidad que no es tan cortante ni fría ahora que está ella. Y gracias a esas personas, a miles y pasajeros ángeles de la guardia, seguimos adelante día tras día, noche tras noche.
Y a eso, ilusamente, lo llamamos atracción.
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