Daniel estaba encerrado en el cobertizo. El agua caía sin cesar, golpeando el endeble techo de uralita y resbalando gotas por los sucios cristales. Su madre lo llamaba desde el porche y su voz sonaba preocupada.
Daniel no contestó; se hundió más entre las decenas de cajas de cartón que su madre aún no había tenido tiempo a desempacar tras la mudanza y apretó contra su pecho a Fiera, su cobaya blanca. El animalillo gimió y pataleó angustiado pero Daniel no le dejó ir.
Fiera había sido un regalo. Una compensación más bien. Cuando su abuelo había fallecido hacía cuatro meses y Daniel se había negado a hablar durante los días que siguieron, su madre decidió de pronto aceptar la propuesta que tanto había repetido Daniel y comprarle aquella cobaya.
Daniel tomó al pequeño animal entre las manos y le levantó, acercándole a su rostro. La pequeña nariz de Fiera hizo cosquillas en la del niño. Sus ojillos enteramente negros se fijaron en los de Daniel.
El niño le dio un beso entre los ojos y Fiera sacudió las orejas.
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