Te escribo a ti, niño de nieve. Escribo a ti y escribo para ti. Son tus labios claros y tibios los que me dictan con palabras silbantes y llenas de erotismo ignorado.
Sueño con el momento de sostenerte contra mí, de acariciar tus mejillas y hallar la suavidad que me mece en mis fantasías llenas de ti y de mí, de mí contigo y de ti conmigo.
Mi príncipe de cristal, lo daría todo por robarte el rubor incierto de tu primera vez. Pero cuantas manos y cuantos ojos y cuantas bocas te codiciaran antes que yo si quiera sea para ti un nombre. Y es que ahora no soy nada, mi pequeño de invierno dulce, pero no dudes que lo seré. Y seré más que nada, más que nadie, por y para ti que ya eres mi todo.
Estás tan lejos y a la vez tan cerca. Nos separan tierras y mares y aún así un espejismo tuyo, patético imitador de tu feroz belleza, se derrama cada noche entre mis piernas. Se derrama y me deja sola de nuevo, con el vientre sofocado y el corazón velando por ti, tan ajeno, distante y frágil como tú, ángel de mármol.
Te escribo a ti, niño de nieve, hoy que no puedo jadear en tu oído, hoy que las gotas que surcan los cristales se asemejan a tus iris de cielo nórdico y me miran. Me contemplan centenares de pobres reflejos de tu mirar puro y despejado y se clavan en mí recordándome tu ausencia y lejanía.
Ya no pienso otra cosa que en todo tú. Ya no amo otra cosa que tu piel y tus labios y tus ojos. Y si pudiera mostrarte todos los gemidos de los que eres dueño.
Tú y solo tú, vaporoso e incierto hombre de marfil, gastas mi cama. Mi cama, mis sueños, mis gritos. Me gastas y de madrugada me desvela tu imagen nítida y tan real que al querer palparla, besarla y recorrerla, despierto, con aún el recuerdo de tus muslos limpios y jóvenes, del sabor de tus besos hambrientos e inexpertos, de la calidez de tu sexo pesado y orgulloso, del timbre de tus primeros gemidos tímidos y asombrados por igual.
Me aferro a la imagen de un tú expuesto y vibrante y en mis manos y aplaco la cruel y cortante realidad de tu ignorancia en mi persona.
Eso es la vida; el justo momento de tu orgasmo imaginario; el grito, el espasmo y la sacudida; el jadeo, el resoplido y el suspiro; tu rubor, tu mordisco y tu temblor.
Eso es la vida, mi criatura de plata, eso es la vida y cualquier otra cosa una absurda imitación de un vivir vacio y pobre.
Te escribo a tí, niño de nieve, siempre te escribo a tí.
Sueño con el momento de sostenerte contra mí, de acariciar tus mejillas y hallar la suavidad que me mece en mis fantasías llenas de ti y de mí, de mí contigo y de ti conmigo.
Mi príncipe de cristal, lo daría todo por robarte el rubor incierto de tu primera vez. Pero cuantas manos y cuantos ojos y cuantas bocas te codiciaran antes que yo si quiera sea para ti un nombre. Y es que ahora no soy nada, mi pequeño de invierno dulce, pero no dudes que lo seré. Y seré más que nada, más que nadie, por y para ti que ya eres mi todo.
Estás tan lejos y a la vez tan cerca. Nos separan tierras y mares y aún así un espejismo tuyo, patético imitador de tu feroz belleza, se derrama cada noche entre mis piernas. Se derrama y me deja sola de nuevo, con el vientre sofocado y el corazón velando por ti, tan ajeno, distante y frágil como tú, ángel de mármol.

Te escribo a ti, niño de nieve, hoy que no puedo jadear en tu oído, hoy que las gotas que surcan los cristales se asemejan a tus iris de cielo nórdico y me miran. Me contemplan centenares de pobres reflejos de tu mirar puro y despejado y se clavan en mí recordándome tu ausencia y lejanía.
Ya no pienso otra cosa que en todo tú. Ya no amo otra cosa que tu piel y tus labios y tus ojos. Y si pudiera mostrarte todos los gemidos de los que eres dueño.
Tú y solo tú, vaporoso e incierto hombre de marfil, gastas mi cama. Mi cama, mis sueños, mis gritos. Me gastas y de madrugada me desvela tu imagen nítida y tan real que al querer palparla, besarla y recorrerla, despierto, con aún el recuerdo de tus muslos limpios y jóvenes, del sabor de tus besos hambrientos e inexpertos, de la calidez de tu sexo pesado y orgulloso, del timbre de tus primeros gemidos tímidos y asombrados por igual.
Me aferro a la imagen de un tú expuesto y vibrante y en mis manos y aplaco la cruel y cortante realidad de tu ignorancia en mi persona.
Eso es la vida; el justo momento de tu orgasmo imaginario; el grito, el espasmo y la sacudida; el jadeo, el resoplido y el suspiro; tu rubor, tu mordisco y tu temblor.
Eso es la vida, mi criatura de plata, eso es la vida y cualquier otra cosa una absurda imitación de un vivir vacio y pobre.
Te escribo a tí, niño de nieve, siempre te escribo a tí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario