sábado, 11 de junio de 2011

Luz y sombra.

Sus dedos acarician las teclas con la paciente ternura con la que se palpa el cuerpo de un viejo amante. La melodía que eleva le envuelve y en su rostro aparece el atisbo de una media sonrisa.
Amagando el empiece de la canción, mira a su público; a los hombres trajeados y a las mujeres de caros vestidos y perlas inmaculadas, sentados en las cómodas butacas de terciopelo escarlata.
Sus yemas rondan en las fronteras de las teclas y sus ojos se elevan hacia los palcos. Los focos le dañan al mirar y por un instante todo es luz y claridad y al cerrar deslumbrado los párpados siente el punzante y ardiente recuerdo de aquella noche.
Y vuelve a tener catorce años y vuelve a arroparse dentro de su cazadora desgastada, atravesando el helado y desierto parque. Todo es sombra y sólo atreves de los árboles parpadea Londres.
Vuelve a entrar en el mismo bar de entonces y vuelve a verle.
Al hombre que le hizo comenzar su vida y terminarla al mismo tiempo. Vuelve a conocer al único hombre que ha amado y a su, por siempre, perdición. Y vuelve a darle todo y a quedarse con nada.
Cuando abre los ojos, la realidad le abruma y el majestuoso piano blanco de serpenteante cola se extiende bajo sus manos que han tomado la iniciativa y comenzado sin él. Bajando el rostro se centra en la partitura a pesar de no necesitarla.
Su voz se eleva y acompaña a su música.
El público calla y escucha; atiende a una letra que nunca llegarán a descifrar y a unas notas que se escapan de su compresión.
Toca y canta mientras le recuerda; a su inspiración más amada y a su pesadilla más temida; a su hombre de hielo y fuego.
Mantiene el último “la” y retrasa los aplausos que sabe que vendrán.
Al retirar las manos el público estalla en vítores y la oscura sombra de alguien de apenas catorce años llora contra un muro.

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