lunes, 6 de junio de 2011

Sin final.



En la habitación número 12 de un viejo hospital, la vida se apagaba despacio pero insistentemente. Dos respiraciones arañaban el silencio. La primera irregular fatigada, costosa y la segunda, tan solo profunda y cansada.
Luchaban contra el sueño a sabiendas de que podía ser la última noche juntos. Él la arropó intentando ignorar el anormal calor de aquel menudo cuerpo.
-¿Qué hora es?-preguntó ella. Su voz era apenas un tenue susurro.
-Algo más de las tres.
Su rubia cabeza se acomodó en aquel hombro duro y seguro. Su trabajosa respiración rozó los labios de él.
-Te quiero-susurraron ambos, primero la de los ojos claros, más tarde el moreno.
-Cuando pase…-meditó él- no quiero que nos despidamos…odio las despedidas.
Una temblorosa mano acarició su áspera mejilla. Sus labios pálidos se curvaron en una ligera sonrisa.
-No lo haremos.
-¿Quieres que traiga a los niños?
Se esforzó por negar con la cabeza.
-Diles que les quiero.
-Lo saben.
-Díselo igualmente.
Hablaban tan solo para llenar el temido silencio, tratando, no de retrasar lo inevitable, sino que esperar de la mejor manera; escuchando la voz del otro.
-¿En qué piensas?-preguntó ella.
-En lo asustada que tienes que estar.
-No lo estoy.
-Yo lo estaría.
-Yo no. Pero me siento como si te hubiera estafado. Prométeme que…
-Estaré bien.
Sus labios casi se rozaban. Los dedos de sus manos se entrelazaban, manteniendo cerca al otro.
-Recuerda que hay que pagar la factura del gas.
Él soltó una carcajada secándose las lágrimas que habían acudido a sus ojos sin previo aviso.
-Descuida.
Ella se encogió un poco más sobre su cuerpo. A cada segundo, se hacía más pequeña, más frágil. El calor, la vida escapaba de su cuerpo dejando un rastro de sudor frío en su lugar. Sin embargo, sus ojos mantenían ese brillo del que él se había enamorado en la preparatoria.
-Eli… ¿te duele?
Ella negó con la cabeza y él le beso la frente.
-Siempre has mentido muy mal. ¿Llamo al médico?
-Estoy bien, Cristóbal. No seas pesado.
-Solo intento…
-Lo sé. Deja de intentarlo y bésame.
Él sonrió mientras perfilaba sus labios con la yema de su dedo. Colocó un mechón rubio tras su oreja susurrando un te quiero tras otro mientras acariciaba sus labios con los propios, con extrema suavidad, temiendo dañarla de cualquier modo.
Sus pequeñas manos se enredan en su moreno pelo. Por un momento, sus corazones latieron a la vez y a las primeras luces del alba, el de ella fue perdiendo fuerza hasta que, aún entre aquellos grandes brazos, se detuvo por completo.
Él la contempló un momento.
Sus labios curvados en una pacífica sonrisa, sus párpados cerrados con dulzura por la mano de algo o alguien que escapaba de toda capacidad humana, sus dedos, inmóviles y tibios aún, descansando flácidos entre los suyos.
Se levantó y cubrió su cuerpo hasta sus finos hombros a sabiendas de que no soportaría la idea de esconder aquellos rasgos.
Dio unos pasos atrás, llevándose una mano a la mejilla, preguntándose por qué tardaban aquellas lágrimas que él sabía que existían en derramarse.
La respuesta no tardó en llegar.
No era el momento.
Había otros que le necesitaban ahora. Rozó su frente con los dedos, antes de besarla.
Colocó aquel rebelde rizo tras su oreja por última vez y susurró en su oído todas aquellas palabras que ambos sabían de sobra.
Rozó sus labios una vez más y apretó con suavidad su mano, antes de salir de la habitación, cerrando la puerta a su espalda.

Al llegar a casa aquella noche, una vez acostados los confusos niños, una vez llamado a amigos y familiares, caminó arrastrando los pies, a su cuarto.
Al de él. Al de ella.
Sonrió, dejando ir las primeras lágrimas, cuando ya acostado, recayó en un sobre de papel en la mesita.
La factura del gas.
Una rápida mano había garabateado con destreza:


"No lo olvides. Te quiero. Eli."

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